Ningún libro serio es casual, si se ha escrito es porque algo importante tiene que decirnos. Compartí en los últimos días la mesa principal en la presentación de una colección de cuentos con el poeta y maestro Livio Ramírez Lozano. El libro del que les hablo es “El pago y otros cuentos absurdos” de Eduardo Milla, cuyo espíritu central se evidencia en el nombre: lo absurdo. De esa mesa y la conversación con los asistentes surgieron algunas consideraciones interesantes. Lo absurdo se propone como lo opuesto a lo lógico o a lo esperado. Es una especie de desafío a lo normal, que después, solo por costumbre se normaliza. Y la normalización de lo absurdo es lo más absurdo de todo. Y de eso somos culpables (casi) todos. Nos hemos acostumbrado a encontrar cadáveres en las calles, como quien se encuentra con una hoja caída de un árbol. Damos por descontado que hoy habrá un muerto (o más). Ya no es noticia una masacre, porque no resulta novedoso, solo hay que agregar tres a la cifra mensual y transmitir a lenguaje periodístico (y a veces no) el informe de la Policía. Hemos llegado al extremo de la frivolidad, pero los seres humanos no somos así, somos seres sensibles por definición. Dejamos que se nos monte una suerte de feria patronal en el Congreso Nacional por la incompetencia intelectual de unos cuantos legisladores, lo aceptamos hasta como algo gracioso, que es el primer absurdo y luego dentro de un par de años los volveremos a elegir, da igual lo que haya pasado en los cuatro años. Lo peor es lo último. Obtener un trabajo, un pago y trato digno es visto como una oportunidad extraordinaria y a veces irrepetible, cuando en realidad se trata de un derecho humano. Inalienable, por cierto. Quizá alguno vaya a cuestionar lo siguiente, pero una de las más grandes normalizaciones de lo absurdo que tenemos es la burocracia, entendamos la palabra como se entiende desde la popularidad, es decir, que en lugar de resolver un problema lo hace más largo y grande. A veces cuando se hacen los trámites, uno no puede evitar preguntarse si todos los pasos y requisitos aún tienen un sentido o no.
Parece que vivimos en un cuento escrito por Franz Kafka, en medio de situaciones absurdas que con el tiempo vamos concibiendo como normales y olvidamos cómo hemos llegado a esas situaciones. En consecuencia, somos atrapados por una crisis existencial que nos lleva a eventos aún más ilógicos e irrisorios como el suicidio y el abandono total de la vergüenza humana. Conversábamos en la presentación del libro y concluíamos que para que la realidad sea absurda se necesitan dos partes. Una que genere el absurdo y otro que lo acepte. En uno de los cuentos, por ejemplo, un tipo se queda esperado toda la vida una llamada que le dará un empleo y le prometen todos los días que tendrá su oportunidad. Es absurda la promesa, pero es absurdo quedarse solo esperando toda la vida. Es absurdo que un niño no vaya a la escuela porque tiene que trabajar, pero no nos sorprende que suceda, no inquieta tanto como otras cosas. La reflexión final de aquel día fue que este absurdo en el que vivimos es reivindicable, desde una vivencia lógica de lo que somos como seres humanos. Lo malo es que yo acabo de decir que vivimos en un cuento kafkiano y en sus textos los personajes, así como no saben cómo llegaron a su estado, tampoco saben cómo salir.