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Vive fútbol, come fútbol, sueña fútbol (1/2)

Tenía casi seis años de edad cuando la imagen de aquel televisor en blanco y negro mostró una enorme pelota de fútbol que se abría de par en par para dejar salir personas, en medio de lo que parecía una fiesta. Yo estaba maravillado por aquella representación gigante de un balón que escondía un contenido tan sorprendente, imposible de concebir en mi imaginación.

El recuerdo es de mi tiempo en la escuela primaria y aún hoy no me explico cómo el pequeño grupo de alumnos terminó frente a aquella pantalla. Quizás nos había llevado una maestra o nos habíamos colado, curiosos, en un salón en el que varios empleados del establecimiento llevaban a cabo ese ritual -desconocido para mí en aquel entonces- de detener la jornada laboral para rendir culto al espectáculo internacional más popular del planeta: la copa mundial de fútbol.

Era Alemania 74, y no entendí sino hasta 1981 (cuando vi fotos) que yo había presenciado la transmisión en directo de la inauguración de aquella competencia: esas estructuras con la forma clásica de pentágonos y hexágonos desplegaban la alegría por el inicio de una nueva versión de la justa balompédica.

Para 1978, ya entendía mejor de que se trataba el asunto. Nos reunimos para ver la final en la casa de una tía y, aunque hoy parezca extraño, perdió mi equipo favorito. Argentina alzó su primera copa y yo mi primera decepción consciente con la selección holandesa (la de 1974 no la recuerdo, pero mi preferencia por el equipo debe haber nacido entonces, porque ¿quién no iba con la espectacular “Naranja Mecánica” de J. Cruyff aquel año?).

En 1982, se repetiría el ritual, pero todo sería distinto. El equipo de Honduras participaría como uno de los 24 mejores del mundo y nos mandaron a todos a la casa para disfrutar de aquel momento histórico. Toda la población de todas las ciudades y territorios de Honduras se detuvo.

Yo tenía 13 años y salté como resorte hasta el techo con el gol de Héctor “Pecho de Águila” Zelaya; sufrí cada minuto de los 210 (y un poco más) que duró nuestra participación y acompañé con mi llanto a aquellos guerreros, caídos como héroes en la grama del estadio La Romareda de Zaragoza, del mismo modo que lo hizo todo el país.

Cada cuatro años vuelve “la fiesta”, con esa periodicidad fríamente calculada que es capaz de movilizar a millones de personas y alterar la rutina diaria durante las fechas de la fase final. No se habla de nada más, no se comenta de otra cosa. Es, como lo sentenció la ubicua publicidad de una popular bebida carbonatada, el “pan nuestro de cada día” hasta que se acabe todo y un poco más, y nos brindará la excusa perfecta para reunirnos con familiares, amigos, compañeros de oficina y hasta desconocidos, cada uno sufriendo por su “equipo favorito”.

Ahora en Catar 2022, después de las participaciones de Honduras en 2010 y 2014, una vez más nos “saciaremos” del mejor fútbol del universo conocido y, aunque haya motivos para preocuparnos por el país sede y sus circunstancias, ya habrá tiempo extra para hablar de ello (continuará).