Quizás para prosperar los hondureños tengamos que regresar a conceptos simples, como lenguaje y cultura, diluidos en la ajetreada y egoísta vida moderna, para identificarnos, descubrirnos como personas que habitamos el mismo territorio, y que el entendimiento nos facilitaría la vida; otros pueblos ya lo hicieron, y no eran ni más altos ni más listos.
¿Dejar de pelear y odiarnos entre nosotros? Claro que parece irreal, imposible; pero también lo era para otras naciones de rencorosa historia: guerras de insoportable atrocidad, sádicas invasiones de exterminio, conflagración fratricida monstruosa, dictaduras de despiadada brutalidad; y al final lograron reencontrarse y fundar sociedades prósperas.
Los dos huracanes de noviembre nos recordaron con dureza la fragilidad de la vida humana y la debilidad infraestructural, que ya nos advertían otros ciclones -Fifí o Mitch-, pero especialmente nos restregaron que no hemos aprendido nada: no se construyeron obras de mitigación y mucha gente sigue habitando zonas de riesgo, vulnerables.
Las impresionantes inundaciones que ocurrieron en dos semanas pusieron entre paréntesis el temor contagioso del coronavirus y, aparte de lamentar las muertes, queda la espera de recuperar medio centenar de puentes, cientos de kilómetros de carreteras destruidos, miles de casas derrumbadas, pueblos arrasados.
Y como las riadas además dañaron o destruyeron la producción alimentaria: arroz, frijoles, maíz, hortalizas, frutas, plátanos, caña de azúcar, café, lácteos; también se espera que haya una fuerte inversión para la recuperación, que garantice trabajo para muchos, la alimentación de mañana y las divisas de pasado.
¿Pero qué haremos para la reconstrucción nacional de la sociedad? Como es una organización más compleja que un panal de avispas o una familia de chimpancés, es fundamental que los grupos que la integran: sociedad civil, partidos políticos, sindicatos, iglesias, gobiernos, gremios, asociaciones, comiencen a hablar entre sí, desarrollar un sentido de pertenencia e identificar los objetivos comunes; es fácil decirlo, pero forzosamente hay que hacerlo, antes de que nos matemos entre nosotros.
Siempre se dice que después de un severo trauma social: una guerra civil o internacional, un golpe de Estado, una brutal tiranía, un terremoto, un huracán, los pueblos tienen la oportunidad de levantarse desde la tragedia, reconstruir desde los escombros, revivir desde las cenizas; nosotros no hemos podido, quizás esta vez es la vez. Ojalá.