Símbolos de poder

Entre los símbolos de poder más interesantes se encuentran los numismáticos y los arquitectónicos

  • Actualizado: 10 de julio de 2026 a las 00:00

En distintas épocas y sociedades, quienes detentan el poder han reflejado su autoridad por medio de expresiones simbólicas: uniformes, insignias, creaciones artísticas, edificaciones. Las colectividades humanas siempre han estado al mando de uno o varios de sus integrantes, superiores al resto por vías de fuerza -guerrera o militar- y apuntalados por vinculación directa con lo divino y sobrenatural, distinguiéndose estos jefes o jerarcas del resto por el uso exclusivo de símbolos legitimadores y la práctica de rituales únicos para recibirlos o hacerse de ellos.

Las coronas, tronos y cetros de los reyes y emperadores, los castillos, blasones y leyendas con ascendencias deíficas daban contenido y significado al control y jerarquía que sus dueños ejercían sobre las personas bajo su dominio. En una coronación, nada quedaba al azar: era conducida por un “representante de Dios en la tierra” (un obispo, cardenal o el mismísimo papa); el cetro simbolizaba un bastón de mando, casi siempre incluyendo a un poderoso animal (una altiva águila, por ejemplo); mientras la capa real o “manto de los reyes” tenía características singulares por estar elaborada con materia prima de alto valor. Todos y cada uno de los símbolos empleados cumplía un fin que, además de ceremonial, había sido fríamente calculado.

Entre los símbolos de poder más interesantes se encuentran los numismáticos y los arquitectónicos. El valor de muchas monedas antiguas se establece no solo por el material con que algunas fueron acuñadas o su rareza, sino por la figura que muestran en una de sus caras; el rostro, casi siempre de perfil, era visto por cualquiera que utilizara esa pieza en el territorio (y fuera de él), cual recordatorio omnipresente de la larga mano del gobernante y su autoridad. Entre los arquitectónicos, uno de los medios más usuales para trascender el paso de los tiempos y demostrar la presencia terrenal y fuerza de un poderoso son las edificaciones que levanta en sus dominios. Independientemente de su uso (religioso, civil, militar, artístico, caprichoso y hasta romántico, como el Taj Mahal), tamaño y características monumentales nos dicen mucho de su ejecutor, especialmente de su visión y vivencia del poder.

Distraídos por la rutina -que hace ver gris, diluido y carente de significado todo lo que nos rodea-, no nos percatamos de estos simbolismos en el día a día. La entrega de un bastón de mando a un comandante, una juramentación a un alto cargo político, un cuartel que se quiere destruir hasta los cimientos, el uso de un sombrero heredado de un caudillo, una caravana que escolta un vehículo entre ululares, el estilo grandioso de uno o varios edificios nuevos y hasta las mansiones kitsch de un capo -por contar algunas- son solo parte de una antigua tradición. Esa que, a veces de forma sutil y otras de modo ruidoso, nos recuerda que sus autores, además de trascenderse a sí mismos, quieren dejarnos claro quién manda de verdad y cómo el contrariarlos podría traer fatales consecuencias al osado.

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