La caída del dictador Nicolás Maduro era esperada por millones de venezolanos que, sin duda, sueñan con el retorno a la vida democrática en su país, luego de veinticinco años de una dictadura chavista agobiante. Cuando se supo la noticia de su captura en la madrugada del sábado 3 de enero, muchos creyeron que nuevos aires de libertad soplarían en ese país sudamericano.
Aunque fue un acto evidentemente al margen de las leyes internacionales, la ilusión y complacencia brotó más allá de la diáspora venezolana en Colombia, Estados Unidos, España y otros países sudamericanos, a los que han huido más de siete millones de venezolanos desde que Hugo Chávez asumiera el poder en 1999. No tuvo que pasar mucho tiempo para que el propio Donald Trump aclarara que no se trataba de un interés por devolver la democracia y terminar con el régimen narcochavista, sino que la intención era otra: el petróleo de la nación más rica en reservas del mundo.
Chávez reformó la Constitución y la hizo a su medida. Silenció prácticamente a toda la prensa independiente, acabó con la oposición política y, bajo el alero del “socialismo del siglo XXI”, sumió a su país en el caos y la pobreza.
Maduro siguió la línea de su “ideólogo y líder” y en un cuarto de siglo Venezuela quedó prácticamente sin viabilidad social, política y económica. El desastre chavista no hizo más que expulsar venezolanos inconformes, mientras que los que no pudieron o no quisieron salir, viven una vida de angustia diaria.
¿Tenía que terminar aquella pesadilla? ¿Es plausible que el dictador fuera depuesto y sus actos castigados? ¡Por supuesto! El problema con lo sucedido tiene que ver con estas interrogantes: ¿Cómo?, ¿quién? Y, por supuesto... ¿por qué?
Fue derrocado y capturado por medio de una acción militar de un país (EEUU) contra otro (Venezuela), lo cual no es permitido en el derecho internacional. No fue una acción de venezolanos, sino de otro país, y lo peor de todo, la finalidad no ha sido la de devolver la democracia a los venezolanos, sino que el uso –y abuso– del petróleo de ese país. Todo esto son hechos. Es oficial el ataque de tropas estadounidenses. No hubo siquiera solicitud de permiso al Congreso por parte de la administración Trump, mucho menos promover una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero Trump fue mucho más allá en sus declaraciones por estos días, cuando dijo que “el hemisferio es nuestro (...) y tenemos derecho de asegurar los recursos”, a la vez que enviaba un mensaje amenazante a México y Colombia, por la presencia de los carteles de la droga.
¿Qué significa todo esto que está sucediendo?: En primer lugar, que no hay respeto en absoluto a la soberanía ni al derecho internacional y que Washington está dispuesto a una guerra por los recursos –aquí podría entrar Groenlandia–.
Corolario de todo lo que estamos viendo fue el anuncio de Trump sobre el retiro de Estados Unidos de más de 60 organismos internacionales –varios de ellos, dependencias de la ONU–, lo que supone el inicio de lo que podría ser el fin del multilateralismo como lo conocemos hoy en día.
La “Doctrina Monroe” ha mutado para convertirse en “La Doctrina Trump”, con la misma visión imperialista estadounidense. En el siglo XX hubo cambios. Con la guerra fría, el enemigo, o la razón de ser de las acciones de la Casa Blanca fueron los regímenes considerados comunistas. Se derrocó en Guatemala a Jacobo Árbenz Guzmán, y en Chile a Salvador Allende, mientras en muchos países latinoamericanos se apadrinó a los regímenes militares.
Ahora, la bandera son los recursos naturales y la lucha antidrogas, pero el fin vuelve a ser el mismo: el poder de la superpotencia más grande del mundo se impone según los deseos de su presidente.
Detrás del ataque a Venezuela y captura de Maduro, hay que ver también la intención de Donald Trump de mejorar su popularidad entre el núcleo fuerte de sus simpatizantes. Según una medición permanente que lleva a cabo The Economist (inglés), la aprobación a su gestión es del 39% entre los estadounidenses.
No está demás mencionar que Trump ganó las elecciones con el 49% del voto popular, lo que representa una caída significativa desde entonces. Nunca en la historia un presidente estadounidense ha estado de manera tan constante en las noticias como Donald Trump –yo he seguido periodísticamente todas las administraciones desde Richard Nixon en la década de los 70–. Él es mencionado de manera destacada todos los días por las agencias de noticias internacionales y, a veces, hasta en tres, cuatro o más despachos noticiosos, ya sea por declaraciones suyas o pronunciamientos de la Casa Blanca.
El año apenas comienza. Venezuela ni siquiera se ha estabilizado y dará mucho de qué hablar... pero que no quepa ninguna duda: vendrá muchos sucesos más de esta dimensión y pocos países de las Américas quedarán indemnes. Sólo él tiene la respuesta: ¿Quo vadis Mr. Trump?