A inicios de febrero o finales de enero comenzó a rondar por internet una infografía que consistía en un mapa que decía cuál es la profesión soñada en cada país. En algunos países como Brasil aparecía la leyenda “empresario”, en Estados Unidos, por ejemplo, “piloto” y me llamó la atención que en todo el caribe la profesión que más se repitió fue “escritor”. En el caso de Honduras como en muchos países del mundo la profesión que apareció fue “influencer”, lo que no sorprende a nadie, dado la popularidad de los creadores de contenido en la actualidad, por su fama y el dinero que en algunos casos pueden llegar a generar.
El estudio lo realizó la compañía financiera Remitly, y se basó en las métricas de búsqueda de Google, particularmente en: “como ser...”. Por supuesto que la metodología no es la más confiable y todos estaremos de acuerdo en que la compañía no buscaba decir la última verdad, sin embargo, creo que su propuesta no deja de tener un matiz de certeza. Quizá no sea la más soñada, pero sí hay muchísimos hondureños que en la actualidad intentan ser creadores de contenido para redes sociales, los más jóvenes en particular. Y lo mejor, según ellos, no necesita de una gran preparación académica, obviando la preparación técnica audiovisual y la calidad comunicativa, además de tareas que deben realizar muy bien como la investigación y la preproducción en algunos casos.
El análisis que se puede hacer sobre esta realidad puede ser muy desesperanzador. Aunque respetable como muchas profesiones y oficios, ser creador de contenido no está entre aquellas actividades esenciales para el buen funcionamiento de la sociedad. De hecho, pensando desde el punto de vista vocacional cuesta mucho imaginar un camino cuando se habla de algunas profesiones. Pienso que lo más probable, a excepción de aquellos jóvenes que tienen vocación de comunicadores, es que se trate de un asunto de dinero y reconocimiento social.
De lo anterior también se puede llegar a la conclusión de que son las redes sociales las que están configurando el pensamiento de los jóvenes, lo cual puede ser peligroso para cualquier país, porque en internet se encuentra a partes iguales lo bueno y lo malo. La escuela y la recreación, que son los lugares predilectos para el encuentro de una vocación, han quedado en un segundo plano. Se puede hablar incluso de una crisis de orientación vocacional.
Por otra parte, esa estadística ha dejado claro que los influencer son de verdad influyentes, es decir, que tienen un enorme poder de convencimiento sobre los jóvenes porque quieren ser como ellos y ellas, y creo que es una oportunidad que hay que aprovechar, así como lo hace la industria publicitaria que vende muchos productos y servicios a través de ellos. La propaganda de las buenas ideas podría tener también su espacio.
Por cierto, Honduras no es el único país en el que existe un enorme deseo por ser influencer: Nicaragua, Costa Rica, Ecuador, Venezuela, Colombia, Paraguay, Argentina y España comparten la condición con nosotros. En el caso de México y El Salvador quieren ser creadores de contenido para la plataforma de videos YouTube.
También es buena idea apoyar a los jóvenes que tienen un don especial para la comunicación a través de unas políticas públicas, que les allanen el cruel camino de la creación de contenido en esta era posmoderna, tan líquida, tan volátil, tan inestable.