La humanidad y el planeta en general han estado sujetos a procesos de extinción masiva. Según los estudiosos, en los aproximadamente 4,500 millones de formación del planeta, ya han ocurrido cinco extinciones masivas y justo estamos en la sexta extinción masiva, siendo la primera en la que, la especie humana, es la principal responsable, esa era se llama antropoceno.
El punto de referencia principal es precisamente la primera revolución industrial, coincidente con el surgimiento del capitalismo como sistema predominante. La humanidad ha logrado dominar algunas fuerzas de la naturaleza, explotando intensamente recursos y fuentes energéticas en su afán de producir y consumir más.
Con todo ello, ha introducido fuertes desequilibrios en el ecosistema. Las emisiones de gases y la contaminación las conocemos todos excepto algunos fanáticos negacionistas que alegan que se trata de cuentos chinos. Las voces de alarma deben sumarse cada día para evitar en lo posible una catástrofe en el clima, la dotación de agua y la proliferación de patógenos como resultado de alteraciones químicas, biológicas y de diverso tipo.
El planeta y sus recursos siguen estando sujetos a presiones que amenazan la existencia de prácticamente todas las especies. Se dice que al ritmo de producción y consumo actuales se necesitan recursos equivalentes por lo menos a otro planeta más. En el afán de aumentar el crecimiento económico y de impulsar nuevas formas cada vez más intensas de innovación tecnológica se han atravesado las fronteras de los limitados aunque aparentemente abundantes recursos del planeta.
Se han distorsionado los regímenes de lluvia y vamos de extremos de sequía a grandes inundaciones. El nivel de los mares está subiendo y persistirá inundando grandes áreas de lo que hoy se considera tierra firme. Países pueden desaparecer y ser sumergidos en el agua, ejemplo Kiribati, que ya está buscando adquirir terrenos para “mudarse”.
En Honduras, varias comunidades costeras ya están sufriendo las denominadas marejadas, como un aviso de lo irreversible. Simultáneamente, ríos que se secan y montañas que ya no producen agua por la deforestación. Ciudades atrapadas en cápsulas o domos gaseosos a pesar de no contar con complejos industriales. Microcontaminantes derivados de los plásticos que seguimos usando como si nunca fuese a pasar nada, tragándolos directamente del aire o, a través de lo que comemos. Peligros cancerígenos y otras amenazas a la salud pública, sin que interese a las cúpulas gobernantes indistintamente de los variados signos ideológicos, reales o solo de apariencias.Se pronostica que de aquí al año 2100, cada año serán más los días en que se experimenten temperaturas extremas, particularmente en los países de menor desarrollo.
A su vez, la combinación perversa de desequilibrios ecológicos y desigualdades sociales volverá más difícil avanzar en los niveles de desarrollo humano ya de por sí bajo en muchos países africanos, latinoamericanos y algunos asiáticos.
El cambio climático no es un invento para asustar a incautos, muy al contrario, los incautos son aquellos que no toman en serio lo que la realidad nos dice a gritos: la “huella de carbono” nos indica que la humanidad entera sigue por mal camino en el uso de los recursos. Deben cambiar las formas de producir y de consumir.
Somos la primera generación del antropoceno pero, también, podríamos ser la última.El Acuerdo de París, el Protocolo de Kioto y tantos otros diálogos internacionales tienen que cumplirse reduciendo la contaminación. Los países ricos son los que más contaminan y los pobres, los más sufridos.