Nos enorgullecemos creyéndonos un sistema democrático capaz de soportar cualquier embate anodino o dictatorial. Todo pasa: ineptos, corruptos, tiranillos y nosotros sentimos que nada amilana nuestra democracia. Que de todo nos pasa y que de todo salimos. Mas fuertes, más visionarios. Que si golpes o sucesiones, que elecciones fraudulentas o supuestamente algo, solo algo transparentes, lo que decidimos creer y a lo cual aferrarnos es que somos y que sea al costo que sea, una democracia. La formalidad que brindan los procesos electorales en físico en cada evento, nos satisfacen menos. La suspicacia se ha apoderado de nosotros, somos dudosos de todo y de todos, ya no creemos en tantas buenas intenciones, que elección tras elección y elegido tras elegido, se disipan con solo acceder a los cargos y a las prebendas derivadas. Conceptos como la búsqueda del bien común, de un estado de bienestar, nos han dejado huecos a punta de taladrarles el sentido, repetidos por errados como errantes ciudadanos. Con el con qué de qué legal y prácticamente solo hay que ser mayor de 21 anos y saber leer y escribir, aunque se sea analfabeto funcional, cualquier audaz se lanza en busca del solio presidencial. Lo que sepa hacer o pueda aprender es irrelevante: que “en el camino se arreglan las cargas”. La frase más manida para referirse a los aspirantes presidenciales es “no hay por donde pasar” y que “el único preparado para gobernar es Yani Rosenthal”. La sabiduría popular será al final la que se imponga. Da miedo votar y da miedo dejar de hacerlo. Pues esta vez hay que votar consciente, seguros de lo que se hace para salvar el futuro de nuestra Honduras.