Una de las peores versiones de los hondureños es cuando conducen un vehículo. Se transforman. Desafortunadamente, cada vez que una persona se sienta frente al timón también lleva de pasajeros al irrespeto de la ley, al estrés, a la impaciencia, a la irritación y a la imprudencia, que ya dejaron, solo en lo que va de este año, más de 680 muertes por accidentes de tráfico.
Y es que la demostrada inconsciencia y el desconocimiento de los conductores de vehículos son amenazantes: casi ninguno usa las luces de dirección para advertir a los demás que va a girar a la izquierda o derecha, tampoco utiliza las luces intermitentes para anunciarnos que se detendrá, y por las noches muchos circulan con las luces altas como si fueran por caminos rurales. Y están los que van veloces por las calles y los que van despacio por los carriles interiores en los bulevares, los que se cruzan la mediana y los que giran en doble fila, los que no dan el paso y los que se lo toman a la fuerza, los que estacionan en las aceras y en los pasos cebras, los que creen que el semáforo y las señales de tránsito solo son parte del paisaje urbano, los descorteses y los dueños de la carretera.
Pero la versión más suicida es la de los que van en moto. Ahora que la impagable gasolina y los atascos han multiplicado su uso, hay enjambres de motociclistas que se cruzan por cualquier parte, pasan zumbando junto a los carros, se cuelan en medio de las filas y golpean los espejos. Algunas llevan equipos de sonido y debe de ser imposible escuchar el reguetón o la bachata entre el escándalo del tráfico y con el casco puesto, pero en fin. Sabemos que es un medio importante en esta crisis y les resuelve el problema de transporte a muchas familias, pero también es temerario cuando llevan a niños en condiciones sumamente inseguras. Las cifras son alarmantes, en la capital ocurren cuarenta accidentes importantes diarios y en el 80% de ellos participan personas que van en motocicleta.
Todas esas desatenciones en las carreteras han dejado resultados fatales que pudieron evitarse, entre enero y junio de este año la Dirección de Tránsito ha registrado 6,685 accidentes en todo el país. La capital, que acumula la mayor cantidad de vehículos, se lleva más de la mitad de los percances con 3,712, que dejaron 74 personas fallecidas y 383 heridas; mientras que San Pedro Sula reportó 1,945 incidentes. Eso sí, los sampedranos, que tienen más espacio y menos obstáculos en las calles, tienen más afición por el acelerador y el infortunio les ha dejado 110 muertos y 105 lesionados. En La Ceiba hubo otros 50 decesos por las mismas causas, 39 en Comayagua y 24 en Choluteca.
Además de la aflicción de los familiares y amigos que pierden a su gente querida en estas circunstancias prevenibles, para el Estado representa una inversión importante: solo el año anterior en el Hospital Escuela Universitario gastaron más de 97 millones de lempiras en atender diferentes casos de fracturas, heridas y golpes, que resultaron de múltiples accidentes. Y en estos primeros seis meses de este año ya atendieron a 1,155 pacientes por las mismas causas.
Hace falta una intensa campaña que la patrocine quien sea para concienciarnos a los hondureños que por ganar unos minutos podemos perder la vida. No serán los operativos policiales ni las multas los que terminen con esta otra tragedia nacional, sino la instrucción del ciudadano cuando aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás.
*Periodista