La lista de transgresiones empleada para linchar afroamericanos durante los siglos XIX y XX en Estados Unidos fue cruel y exhaustiva. Caleb Gadly fue linchado en Bowling Green, Kentucky, en 1894, por haber caminado cerca de la mujer de su patrón blanco. David Walker fue ejecutado por emplear lenguaje impropio ante una dama caucásica en Kentucky, en 1908; su mujer y cuatro hijos fueron igualmente colgados. Turbas lincharon a la muchacha Ballie Crutchfield en Rome, Tennessee, 1901, por no hallar a su hermano para hacerle lo mismo. Cientos, quizás miles de espectadores vestidos con gala dominguera asistían a los espectáculos y se fotografiaban junto a los ahorcados mientras bebían soda y limonada y comían golosinas. Después podía ser que arrastraran el cuerpo hasta una calle del barrio negro o que le trozaran pedazos para recuerdo”…
Tales son las explicaciones en un monumento que acaba de develar la Iniciativa para Igual Justicia (IIJ) en Montgomery, Alabama, titulado National Memorial for Peace and Justice. Su propósito: recordar a las víctimas de linchamiento en Norteamérica (linchar es ejecutar sin justicia y en forma tumultuosa a un sospechoso o reo) para que nunca más se repita, y cuya terrible lección relata Alexis Okeowo en The New Yorker, pues la IIJ identificó que de 1877 a 1950 hubo más de 4,480 víctimas de linchamiento, muchas anónimas, en 805 distritos, mayormente del sur. En 1860, dos tercios de la población de Montgomery era esclava y había una plaza para subastar negros, quienes debían ser extremadamente cautelosos pues bastaba ver con deseo a una blanca, o parecer que lo hacía, para que lo torturaran y mataran. La hórrida palabra proviene de William Lynch (1742–1820), de Virginia, su progenitor histórico.
Tal celo patrio complica, sin embargo, a sus creadores, pues si desearan educar a la población sobre las injusticias, barbaridades y crímenes que el sistema conservador norteamericano ha cometido en su espacio y el mundo, la geografía planetaria estaría cubierta con monumentos de rechazo a la sangre y el odio. En “Historia del pueblo de los EUA” Howard Zinn refiere cómo los conquistadores ingleses hacían genocidio con los pueblos originarios, y la frase del colono John Mason (al atacar una aldea Pequot en Mystic River) es célebremente bestial: “La batalla es sólo un medio para destruir la voluntad del enemigo para pelear; la masacre logra lo mismo con menos riesgo” (traducción libre).
O qué decir de la matanza de obreros el 1 de mayo en Chicago, y de los millares de negros que hasta 1970 fueron discriminados y segregados de contacto con el blanco, rechazados por colegios y universidades, separados en comedores, sanitarios y transporte público, hasta arribar al asesinato continuo de sus líderes, tipo Luther King, y de blancos defensores de la igualdad racial: Robert Kennedy, por ejemplo. O de un sistema que para ingresar a las guerras miente a su población, cual fue el caso del bombardeo japonés sobre Pearl Harbor, ya sabido y esperado. O cuando el falso incidente en Tonkin, que permitió justificar la invasión a Vietnam, donde la fuerza aérea estadounidense descargó cien veces más explosivos que en la segunda guerra y cerca de un millón de bombas (napalm) incendiarias. Y del derrocamiento de Arbenz Guzmán en Guatemala, para satisfacer los intereses de la UFCo., de la invasión en Cayos Cochinos, Cuba, para devolver a las azucareras gringas lo confiscado por Fidel, y…
¿Hablamos del mismo país que dice cierto ser ignorante y enfatuado de soberbia llamado Trump, que es modelo del derecho democrático para América y el mundo?