Enfrentamos el desafío de un nuevo orden. Si no social, ni económico, si axiológico. Este incidirá en los demás y tendremos nuevos órdenes para saldar en uno cultural, muy diferente.
Aún en la lejanía, ya se vislumbra. Valores invertidos empiezan a restituirse: la admiración hacia los “vivos” aprovechados de la cosa común es sustituida por la indignación hacia la práctica nefasta.
Y también por el pesar: quienes sean señalados son parte de esta sociedad han gozado de aprecio y no solo han cometido errores.
Si no también muchos aciertos. Quienes les acusan, por simple buena intención o por deber, al tratarse de seres humanos, podrían equivocarse, pero de darse, será como excepción que confirmara la regla.
Lo cierto es que el celo por la causa de la probidad que asumen el vocero de la Maccih así como la directora del CNA, inevitable personalizar, debe ser abrazado por toda la hondureñidad.
Si ha habido tanta corrupción, medida y como tal, indudable, deben haber muchos corruptos y muchos corruptores. Y simplemente, no podemos seguir así.
Nadie espera que sea fácil. Y ya entendimos que tampoco será pronto. La paciencia tendrá que fortificarse. Por la reacción que surge de la situación establecida como de los vicios que le son inherentes, pero también por la necesidad de seguir en forma estricta los procesos legales establecidos en la ley.
Cierto que aquí no se ha respetado la legislación, pero en este nuevo orden el sometimiento al imperio de la ley y la igualdad de todos ante su majestad son inevitables.
El origen cuestionado de los nombramientos del fiscal general y del presidente de la Corte Suprema de Justicia, como de los magistrados, no les está impidiendo el comportamiento al que devienen obligados.
Están cumpliendo con la Patria. Quizás con más pesar en algunos casos que la mayoría. Ellos como todos, segmentan los afectos. Así como los deberes. Para cumplirlos. Falta mucho para vivir en una cultura de la legalidad. Pero ya caminamos y hacia allá vamos.