Columnistas

“¡Oh sólo mío!”

Ha varios años ya, un querido y siempre bien recordado editor de páginas de opinión, secundó una contribución a este espacio que yo -desconfiado de los alcances de mis mensajes ocultos entre líneas- creía “pasada de tono”. “Usted no se preocupe, Miguel, que tiene varios años por acá y ya sabe cómo va nuestra línea editorial, así como la identidad del medio”, me dijo, con aire socarrón, para atajar mis dudas. “Salvando las excepciones que usted ya conoce, puede escribir de lo que quiera, eso sí -agregó-, siga redactando bien, para que el trabajo se nos haga más fácil”, frase que aprovechó para apurar el fin de la llamada telefónica pues los amigos de la diagramación ya estaban expectantes, dejándome solo y escuchando un zumbido en el auricular.

Un tiempo después, aprovechando esa “licencia para escribir”, me encontré un escollo casi insalvable cuando otra entrañable editora me sugirió amablemente que adecuara mis textos al objetivo del espacio (“periodismo de opinión”), en vista que mi teclado había dado rienda suelta a la ficción y producía cuentos con los cuales hacer ejercicios ocasionales de escapismo. “Pero me habían dicho que podía escribir de lo que quisiera...”, contesté en tono exculpatorio. “Mientras sólo sea de opinión, no hay inconveniente, Don Miguel”, haciendo valer su rol de guardiana de la sección. Ofrecí entonces, como suelo hacer en situaciones al filo de la cornisa como ésta, “conversarlo con una taza de café de por medio”, táctica que fracasó para efectos editoriales, pero me sumó una bonita amistad que hoy perdura.

Veinticinco años después, el oficio de escribir en estas planas que inició en 1997 con una cordial invitación para lanzar dardos desde esta torre, me ha regalado un sinfín de anécdotas, entre las que se suman enmiendas celosas de un parafraseo bíblico y debatibles mayúsculas, hasta la confusión de fotos con un ilustre homónimo y un impensado traslape de textos, pero nunca -y quiero agradecerlo- la aplicación sumisa de una regla cuestionable en toda la extensión de la palabra: la supresión de tildes en la palabra “solo”.

Habiendo crecido con un padre editor de textos y traductor, yo consultaba desde muy chico mis dudas del idioma con él y con la “Gramática Esencial de la Lengua Española” de Manuel Seco y, para mi fortuna, luego tuve un excepcional profesor de español y literatura -Gonzalo Moreno Euceda (QEPD)-, quienes sin proponérselo me enlistaron al orfeón de “solotildistas” que en estos días celebramos con visible júbilo la reivindicación de un gazapo de la Real Academia Española que cumple trece años. La tilde retorna y no lo hace sola, sino haciendo ruidos marinos: “sólo”, “éste”, “ése” y “aquél”, pueden ser de nuevo tildadas, dejándonos a nosotros el criterio de hacerlo si consideramos que hay riesgo de ambigüedad.

Así que acá estoy, solo y escribiendo sólo de aquello que importa opinar, ¿acaso no ha sido tema de debate nacional e internacional? Esencial para este hermoso oficio, uno que no es sólo mío, sino de ellas y ellos, suyo, tuyo y nuestro.