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'Necesidad de enfrentar la historia”

Esta excitativa fue pronunciada por la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, en ocasión de recordar lo ocurrido en su país hace 74 años, cuando un alzamiento popular en protesta por la corrupción y arbitrariedades del régimen del partido Kuomintang, presidido por Chiang Kai-shek, el 28 de febrero de 1947, fue violentamente reprimido desde ese día hasta mediados de mayo, con un saldo de muertos, desaparecidos y encarcelados estimado entre 5,000 y 28,000 personas.

Se impuso la ley marcial, fortaleciendo los controles autoritarios estatales durante décadas. Fue hasta 1990, cuando se suprimió la censura y se inició el proceso democratizador, que empezó a escribirse respecto a dicha masacre. Hoy, tal fecha es recordada anualmente como una tragedia nacional, erigiéndose museo y parque conmemorativo en recuerdo de las víctimas y sus descendientes.

En su discurso, la presidenta Tsai también se pronunció respecto al deber de defender la dignidad y los derechos humanos de sus compatriotas. Tal llamamiento a la transparencia, rendimiento de cuentas y público reconocimiento testimonian la fortaleza democrática del actual sistema político taiwanés, contrastando con el ocultamiento de la verdad histórica en otras naciones, en donde los baños de sangre perpetrados por los gobiernos, en diversas épocas, son silenciados esperando que la memoria colectiva eventualmente los olvide. En los textos oficiales de historia son deliberadamente suprimidos, cual si no hubieran ocurrido.

Recordemos las guerras de conquista de los imperios coloniales en el Tercer Mundo a partir del siglo XVI, “La ahorcancina” en la Honduras del XIX durante Medina, las masacres de indígenas en Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX y los linchamientos de negros en el XIX y XX, las perpetradas en China contra civiles bajo la invasión japonesa, el Holocausto de judíos, gitanos, minusválidos, homosexuales y testigos de Jehová en la Alemania hitleriana, la de ucranianos durante la colectivización de la agricultura en la URSS bajo Stalin y la ejecución masiva de oficiales y soldados en Polonia por ejércitos soviéticos, la de Tiananmen en China, el genocidio de armenios por Turquía, la de haitianos en República Dominicana, las cometidas por los regímenes del apartheid en Suráfrica, las de chiítas en Irak durante Hussein, las perpetradas en Camboya por el Khmer Rouge, la de bosnios musulmanes en la antigua Yugoslavia, la de campesinos en El Salvador en 1930 bajo Hernández Martínez y las ejecutadas por batallones contrainsurgentes durante la guerra civil en los novecientos ochenta, entre otras las de Sumpul -con la asistencia del ejército hondureño-, los exterminios de mayas en Guatemala durante las décadas de los novecientos sesenta, setenta y ochenta de la vigésima centuria, la de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco, en México, ordenada por Gustavo Díaz Ordaz.

Las aquí recordadas son apenas algunas de las perpetradas a lo largo del tiempo que reflejan la ilimitada, perversa y cruel capacidad humana para provocar sufrimientos duraderos a sus congéneres.