Columnistas

Moral del inmoral

Acudiendo a un testigo anónimo, Carlos Fuentes relata así, en su libro “El espejo enterrado”, la monstruosa muerte del cacique José Gabriel Condorcanqui, conocido como Tupac Amaru, quien encabezó una rebelión indígena contra la opresión del dominio español, cuyos agentes administrativos tenían como meta única el oro, sin importar que para obtenerlo acudieran a los más groseros artificios de crueldad. Refiere el confidente que tras capturarlo en mayo de 1781 con su familia y seguidores inmediatos, se le llevó a la plaza de Cuzco, donde “le cortó la lengua el verdugo, y despojado de grillos y esposas lo pusieron en el suelo: atáronle a manos y pies cuatro lazos, y asidos estos a la cincha de cuatro caballos tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos ni fuesen muy fuertes, o el indio en realidad fuese de fierro, no pudieron dividirlo y después de largo rato lo tuvieron tironeando, de modo que le tenían en el aire en un estado que parecía araña. Tanto que el Visitador, movido de compasión, porque no padeciese más el infeliz mandó a la Compañía que le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde le sacaron [separaron] los brazos y pies... si bien antes de ser ejecutado expresó: ‘Volveré y seré millones’”. Ese día concurrió crecida gente pero no había indios, a lo menos en el traje que usan, y si hubo algunos estarían disfrazados con capas o ponchos. “Suceden algunas cosas que parece que el diabolo las trama y dispone, para confirmar a estos abusos, agüero y supersticiones. Dígolo porque, habiendo hecho un tiempo muy seco, y días muy serenos, aquel amaneció tan nublado que no se vio la cara al sol, amenazando por todas partes llover; y a las 12, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras este un aguacero que hizo que toda la gente, y aun las guardias, se retirasen a toda prisa. Esto fue causa de que los indios dijeran que el cielo sintió la muerte del Inca que los españoles inhumanos e impíos mataban con tanta crueldad”. Tras ser capturado junto a su esposa Micaela Bastidas ––dice otro informe de época––, el 18 de mayo los prisioneros fueron sacados del calabozo, metidos en zurrones [costales] y arrastrados por caballos, uno tras otro, hasta llegar a la plaza de armas. Al pie del cadalso Amaru fue obligado, como señalaba la sentencia, a presenciar la tortura y asesinato de sus aliados y amigos, sus dos hijos y finalmente su esposa, en ese orden. “Lo atan a las cinchas de cuatro caballos, de pies y manos, con vista al cielo. Los jinetes tiran hacia los cuatro puntos cardinales, pero Túpac Amaru no puede ser descuartizado. Lo tienen en el aire, como aspa en movimiento, de un lado a otro, pero su cuerpo no cede. Al mediar el día, mientras empujan los caballos y sin lograr arrancar sus partes, el Visitador ordena lo decapiten y descuarticen. Su cabeza y extremidades son llevadas a diversos pueblos, en señal de advertencia”. Desde ese día Túpac Amaru se convierte en símbolo de libertad. ¿Son esos los mismos hipócritas que hablan hoy de reconstruir la democracia americana y que reconocen a un presidente espurio a quien nadie eligió…?