En el nuevo orden mundial que está emergiendo, los minerales seguirán desempeñando un papel fundamental para el desarrollo de las naciones ricas, porque los nuevos avances tecnológicos están ligados a una mayor demanda de materias como el cobre, el litio y el níquel.
Según el diario mexicano El Economista: “Litio, cobre, níquel y otros insumos se convirtieron en la base del nuevo ciclo tecnológico por tres fuerzas que se retroalimentan: la electrificación (vehículos, redes, almacenamiento), la digitalización de la economía y el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial”.
En Honduras las reservas minerales no explotadas son dominadas por metales preciosos y metales base: existen importantes recursos auríferos (proyectos con estimaciones recientes de recursos) y yacimientos de plata, zinc y plomo; además hay presencia significativa de antimonio, hierro, bauxita, manganeso y cromita, mientras que níquel y mercurio suelen aparecer en menor abundancia o apenas como trazas.
Sin embargo, las cifras públicas sobre “reservas no explotadas” son fragmentarias y dependen de estudios técnicos (recursos vs. reservas) y de la viabilidad económica; asimismo, el marco regulatorio y las restricciones ambientales -incluyendo la suspensión de permisos para minería a cielo abierto en años recientes- limitan la transformación de esos recursos en producción.
Las mayores reservas de minerales no explotados corresponden al oro, la plata y el zinc, seguidos de una existencia moderada de plomo, antimonio y hierro, mientras que la dotación de cobre y níquel son muy bajas.
A su vez, tanto las tierras raras, como el litio y el cobalto, están prácticamente ausentes, o bien son no significativos, por lo que haría falta mayor investigación para tratar de ubicar los mismos.
Existen algunas técnicas para evitar la explotación de minerales a cielo abierto, mediante varias alternativas complementarias tales como la minería subterránea (técnicas como tajeo, corte y relleno o hundimiento por rodaje) que reducen la huella superficial y la deforestación; la lixiviación in situ o solución controlada es factible para ciertos minerales y evita grandes cortas aunque requiere estrictos controles ambientales; la reprocesación de relaves y escombros permite recuperar metales perdidos en pasadas explotaciones y disminuir pasivos ambientales; la valorización secundaria -reciclaje urbano y recuperación de metales de chatarra electrónica, baterías y residuos industriales- transforma fuentes ya extraídas en material útil; la concentración y el beneficiado local (producción de concentrados) y la industrialización a valor agregado (fundición, refinación, manufactura) generan empleo y reducen la presión por nueva extracción; y la formalización y tecnificación de la pequeña minería -con métodos sin mercurio, uso de gravedad y fundición segura- mejora rendimientos y reduce impactos sociales y ambientales.
Para que estas opciones funcionen se necesitan marcos regulatorios claros, exigencia de estudios de impacto y monitoreo, incentivos para invertir en tecnologías de menor impacto, programas de capacitación y financiamiento, y mecanismos de participación y consulta comunitaria; además, hay que evitar prácticas químicas peligrosas a pequeña escala (mercurio, cianuro) salvo en operaciones controladas y reguladas por especialistas.