El número de fallecidos y contagiados va en ascenso extendiéndose a otros departamentos, evidenciando que ninguno está a salvo del coronavirus. Quien subestime la magnitud de la severa y multifacética crisis recibirá fatales resultados. Está recrudeciendo en razón del mínimo número de pruebas realizadas.
Las estadísticas actuales apenas constituyen la punta del témpano. Más que nunca, han quedado dramáticamente evidenciadas las deficiencias estructurales del sistema sanitario y socio-económico hondureño, con vulnerabilidades directamente ligadas con las desigualdades de riqueza, ingresos, oportunidades.
Carecemos de un modelo integrado de salud, ya que el funcional, sólidamente estructurado, implementado por el médico Enrique Aguilar Cerrato cuando fungió como ministro de Salud, que inspiró a otras naciones para adoptarlo, fue desmantelado posteriormente. Lo que quedó se encuentra colapsado desde hace varios años, debilitado por el saqueo de fondos, instrumentales, medicamentos, no solo en el IHSS, también en hospitales y centros de salud.
Adicionalmente, la especulación en los precios de alimentos, debido a la creciente reducción en la oferta y el acaparamiento, contribuye a encarecer aún más el precario nivel de ingresos de millones de compatriotas, quienes, además de enfrentar dichas alzas, enfrentan el pago de alquileres y servicios de energía, agua, telefonía.
La precariedad económica deja al desnudo la profundidad de la presente crisis sistémica que no dota al personal médico y paramédico de suficientes equipos protectores para el desempeño de sus labores, arriesgando su integridad física, a lo que se agrega el estrés provocado por las tensiones y angustias mentales ante la posibilidad de contagiarse ellos(as) y sus familias.
No se está localizando a personas con las cuales los infectados han mantenido contactos, algo que limita fuertemente el tendido de cordones sanitarios de aislamiento. Se han desvanecido los mitos que proclamaban la igualdad de las y los hondureños. Lo consignado por la Constitución política eran “garantías ilusorias”.
Las grandes diferencias en ingresos, oportunidades, acceso a salud, educación, vivienda y justicia diferencian cada vez más a los que tienen mucho, los que tienen poco, los que nada tienen.
Contrastes brutales entre abundancia y escasez, opulencia y miseria, bienestar y abyección, tanto en el mundo urbano como en el rural, los de arriba -los menos-, los de abajo -los más-.
La posibilidad de dejar de una vez y para siempre a la vieja Honduras reemplazada por la nueva Honduras es factible, siempre y cuando la primera sea reemplazada de raíz por la igualdad, honestidad, transparencia, rendimiento de cuentas, solidaridad, democracia participativa, desarrollo humano permanente.
Que esta crisis resulte en el catalizador que posibilite replantear el contrato social: o mantener el actual statu quo o aplicar cambios estructurales. Dejamos pasar una oportunidad histórica de transformación tras el paso del huracán Mitch en 1998. Todo siguió igual o peor que antes. ¿Se repetirá una vez más esa experiencia totalmente desaprovechada? Dependerá de todas y todos