Columnistas

Los ricos del cementerio

Steve Jobs no era gente fácil, su severidad de carácter e infatigable disciplina laboral lo hacían por ratos antipático. En lo social, empero, quiso siempre dar más al mundo de lo que recibía. “Ser el hombre más rico del cementerio no significa nada para mí. Irme a la cama por las noches sabiendo que hice por otros algo extraordinario es lo que más me importa”, sentenciaba el padre de Apple. En tanto que Bill Gates, cofundador de Microsoft, tiene por norma diaria ––mientras reparte al mundo, para proyectos de salud y educación, dos tercios de su fortuna, unos 55 mil millones de dólares–– algo que es como sencilla obsesión: “Quiero dejar mi marca en el universo”, dice, “ser generoso con mi sociedad”.

Ambos son herederos de un fenómeno humano desvanecido en el siglo XX: la aventura de los súper ricos con sensibilidad social. Uno pionero en esa brecha humanista fue Tomás Alba Edison, inglés naturalizado gringo, lo que ya es deterioro (pues gringo es el estadounidense presuntuoso e ignorante, soberbio y vulgar, como Trump y Heidi) y quien aconsejó: “educa a la masa, cultiva a la gente y tendrás una nación trabajadora y democrática”. Lo cual se correspondía con los principios de Franklin D. Roosevelt, quien ante la crisis económica, política y cultural ocurrida durante su segundo período presidencial (de cuatro que ejerció) denunció las trápalas y engaños de gran capital, interesado y egoísta, y emprendió contra pobreza, desempleo e insalubridad medidas efectivas (el New Deal) de recomposición social, algunas tildadas como socialistas, que no eran. Para el prejuicioso y fanático todo es prejuicio. Algo similar hizo posteriormente el victorioso General Dwight D. Eisenhower, quien alertó sobre el dominio del militarismo irreflexivo, y su industria bélica, en que caía Estados Unidos, por lo que fue acusado de comunista, él que era más doméstico que un querubín de dios.

“Diviértete pero haz historia” recomienda Jeff Bezos, desarrollador de Amazon, que se cotiza por billones en Bolsa. Sigue ideas de Albert Einstein, cerebro privilegiado de la humanidad cuyas fórmulas científicas transformaron al orbe. Einstein consideraba muy drásticamente que el Estado debe regular la economía ––aspecto en que chocaba con liberales y, antes que existieran, con Chicago Boys, obsesionados en que aliviar al lucro de impuestos concluye generando un derrame de recursos que hará a todos felices, suceso que nunca ocurre––, y que el Estado debe manejar, sin concesiones, los sectores estratégicos de salud, empleo, vivienda y educación, pues si no la ambición distorsiona al proyecto de Estado de bienestar, que vase al carajo.

El caso más impresionante de ricos socializadores ––que Honduras quizás vea en 2090–– es Jack Ma, fundador de Alibaba, entidad digital china, quien en 2010 anunció que comenzará a destinar 0.3% de ingresos anuales a protección ambiental, en proyectos de calidad de agua y aire. El futuro de Alibaba, dice, “es ayudar a más personas a hacer dinero saludable, dinero sostenible, dinero no sólo bueno para ellos sino para toda la sociedad”. En 2018 reveló su afiliación al Partido Comunista de China.

Sin comparar: cuánto bien harían unos cuantos ricos hondureños con ombligo de patria.