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La última fosa común

La propagación del coronavirus es veloz, tanto así que ni la ciencia, ni la tecnología la alcanzan, apenas los medios de información la logran ver en su veloz carrera, cargando con sus muertos. Pero esa velocidad, no se compara nunca con la de los funcionarios que operan al ritmo cadencioso de las monedas que caen en la pista de las ganancias, aprovechada por la jauría de siempre: esa red de crimen organizado empeñada en llamar partidos políticos, que en épocas de emergencia, se recetan el banquete de jugosos contratos para repartir bolsitas de alimentos, entregar ayudas humanitarias, «dicen ellos», proveer medicamentos comunes y la respectiva cámara de video fotográfica que constate su miseria humana, de paso, la rapacidad sin límites ni escrúpulos.

Esta cuarentena no termina aún y ya hay denuncias, hasta un ministro lanzado a la calle que sin una investigación seria, debe estar viendo el carnaval desde su casa. La corrupción es la única que sale a las calles, campante, sonriente y a sus anchas, así como las garras abiertas que esperan como agua de mayo las u otra pandemia. Ese nuevo Código Penal entrará en vigencia en pocos días con el escenario perfecto, porque nadie saldrá a protestar, debido al aislamiento social que ha forzado a la población al confinamiento. Estamos en casa, pero no en silencio, ¡hemos dicho!

Efectivamente, el nuevo Código Penal entra en un momento casi calculado en perjuicio de la administración pública y aprovechando las facilidades de un desastre, conmoción y emergencia pública, de paso, sin los controles sobre las compras y contratos celebrados al borde de una fosa común.

La historia ya nos señaló muchas veces que las pandemias como la gripe española o la peste negra son mortales, pero el coronavirus, detrás de su capa negra de mortalidad, trae también los negocios turbios en silencio, como si el tapaboca también les cubriera la conciencia.

En Honduras, nunca antes se había desatado tanto pánico, ni tantas oportunidades de robo para los funcionarios y empresarios —desde luego, hay honrosas menciones que no caben en esta orgía de negocios— que como plaga se extienden en compras públicas, exoneraciones, contratos sin freno, transferencias de partidas extraordinarias y distribución de millones de lempiras en efectivo que el Congreso repartió como en piñata entre sus fieles diputados, para que vayan a sus comunidades con el pecho inflado para sus adeptos, porque después de esta pandemia viene la campaña electoral, y esa no conoce cuarentena, al contrario, hay que sacar chineada a la gente de sus casas. Total, el sacrificio de un día, es el bienestar de cuatro años, ¡o más!, si así lo dice la santa providencia de los caprichos del poder.

También hay que decir que después —si es que hay un después— de este desastre, habrá que crear un plan anticorrupción preventivo desde organizaciones serias para el estado de emergencia que le dé seguimiento al gasto público y rendición de cuentas, con mesas anticorrupción integradas por los principales actores y con presencia de representantes de la ciudadanía organizada; porque esto solo es el inicio del desbarajuste económico; faltan los incentivos para fortalecer la economía más allá de los préstamos y ayudas de países amigos. Los huesos para atizar el funcionamiento de un sistema financiero estable, seguro serán sacados de las costillas del pueblo.

Esa será la nueva emergencia que enfrentará Honduras, de lo contrario, no habrá abasto para atender una democracia duradera. El país entrará a la unidad de cuidados intensivos y las camas o respiradores ya no serán suficientes para atender la calamidad social. Las prácticas de estos corruptos están cavando una fosa común, que desde luego, no será para ellos; ¿adivinen para quién?