Columnistas

La muerte y las cifras

Las estadísticas le han servido a la sociedad para identificar y de alguna manera cuantificar ciertos fenómenos sociales, con ellas se mide el éxito o no de algún programa o tipo de gestión, y sirven como punto de referencia para saber en qué línea se debe seguir trabajando.

El problema de las cifras es que intenta expresar en números asuntos que no siempre son cuantificables. Por ejemplo: se dice que en Honduras en los últimos meses ha habido una baja en el número de homicidios, y se habla de porcentajes por cada cien mil habitantes, pero incluso en el momento en que menos homicidios hay cuando una familia es golpeada por la muerte de un ser querido a manos de un criminal el dolor tiene la misma intensidad que si fuese el momento más alto.

Estoy de acuerdo en que entre menos muertos haya, menos familias son golpeadas, pero idealmente ninguna debería sufrir el flagelo de la muerte de un ser querido.

Las estadísticas serán siempre necesarias para saber qué rumbo se debe seguir, sin embargo, no pueden ser motivo de alivio, alegría y muchos menos tranquilidad cuando todavía se mata a sangre fría en el país, la pérdida de la vida a manos de criminales de un solo hondureño es suficiente para llenar de luto a la nación entera.

Celebrar de manera desmedida que la tasa de homicidios ha bajado en un cincuenta por ciento o en un cuarenta es celebrar que, aunque menos, habrá personas perdiendo la vida, lo que significa familias.

Que sirvan de punto de referencia y a partir de ello seguir luchando por la paz, pero que siga habiendo homicidios no puede ser motivo de tranquilidad para nadie.

La otra cara de la moneda se muestra al hacer un análisis frío. El ejercicio del homicidio en Honduras se ha incrementado por los altos niveles de impunidad, y desde allí en toda muerte, la poca eficacia del Estado en la captura de los asesinos tiene su cuota de responsabilidad, no obstante, no todas las muertes tienen una relación con la delincuencia o el crimen organizado.

Se sabe que existe una alta tasa de homicidios con motivos pasionales o estrictamente personales. Estos hasta cierto punto da una idea del origen de la violencia.

Lo mismo sucede, por ejemplo, con la muerte de las mujeres, periodistas, estudiantes, abogados, defensores del ambiente y demás sectores desprotegidos y que muchas veces son víctimas del acoso y la intimidación.

Y repito que toda pérdida de una vida humana es repudiable, pero es bueno distinguir cuándo un homicidio tiene relación con el ejercicio de la profesión o con la condición del individuo y cuando no, de esa manera se tendrá claro a qué obedece la condición de violencia en el país.

También se debe tener cuidado, por respeto a la sociedad, a los familiares, a los difuntos y a la misma lucha social, de no politizar la muerte de ninguna persona.