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La madre, constructora de patrias

En el mundo, pero en América Latina en especial, la figura de la madre es casi sagrada. Tanto que, en el Himno a la Madre en Honduras, Augusto C. Coello expresa que no puede haber en la Tierra una imagen más clara de Dios. También Manuel Acuña, en su desesperado poema “Nocturno a Rosario”, reza en medio de su canto de amor: “Los dos una sola alma / los dos un solo pecho/ y en medio de nosotros/ mi madre como un Dios”.

No es casual esta figuración divina de la madre porque es el ser en el que todo ser humano comienza la vida, hay en la visión que se tiene de ella algo de creadora y también de milagroso. De ella, salvo particularidades, se aprende la lengua, la religión, la gastronomía, la música, la cultura, a los otros y el mundo en general. La madre tiene esa potencia creadora no solo biológica, sino cosmogónica. La contraparte complementaria, la paternidad, como figura deficiente, en muchos casos ha colaborado a engrandecer aún más la materna.

Uno revisa las estadísticas y se entera de la enorme cantidad de madres que sin ayuda prácticamente de nadie alimentan, educan y les enseñan a vivir a los hijos. Las mujeres que ejercen la maternidad deben darse cuenta de lo importante que es la manera en la que hacen su ejercicio maternal. Claro, en realidad deberían estar escribiendo sobre un binomio padre y madre, pero creo que no es difícil entender por qué he decidido centrarme en esa labor maternal. Creo que por la configuración cultural de nuestra sociedad es más clave que el padre. En los proyectos de seguridad, en los informes macroeconómicos, en las estrategias de la reducción de la pobreza, en las iniciativas del gobierno no aparecen las madres y toda la labor que realizan ni el peso que tienen sus acciones y palabras en la formación de un individuo. Por supuesto que es una labor que no se enseña, se aprende y de alguna manera se reconoce en el “instinto” y cada una hace su labor lo mejor que puede, en medio de las dificultades que ya mencioné.

Y en medio de toda esta situación, sería muy injusto siquiera preguntar si es que hay madres “equivocándose” en la crianza de los niños, tomando en cuenta lo significativa que es su presencia en la vida de los hondureños, pero es que, si una madre define tanto, ¿qué pensar si estamos en crisis?

También hay que recordar que somos más los buenos, pero, ¿y lo que no? Pienso que hay que hacer consciencia en la madres de lo fundamental e imprescindible que es la educación, el afecto y la versión del mundo que regalan.

De ellas depende más de lo que suponen. Y los padres, al tomar consciencia de lo delicada que es su presencia o no en un hogar para que tanto la maternidad como la paternidad sean plenas y formen bases sólidas para una mejor humanidad, no dejarían sola a una sola mujer en tan sagrada labor. Quizá haya asuntos clave que se deciden en la ONU, en los encuentros diplomáticos, en el Congreso Nacional, en un Consejo de Ministros, pero hay otros que se deciden al calor de un hogar, en las manos de una madre.