Columnistas

La calamidad al desnudo

En un país donde no se respetan las leyes, es casi imposible que respeten una ordenanza con toques de queda y argumentos fatídicos para que la gente se quede en casa. Los ciudadanos han perdido el respeto por las autoridades; la credibilidad moral de un gobierno de políticos redentores del milagro y la abundancia se desvanece en un pantano de angustias y dolorosas muertes por el Covid-19 que ya rebasa los hospitales y fosas comunes.

Trágicamente, la población acepta y condena que los saqueos del partido en el poder, pudieron manejar mejor la crisis, si no hubiesen barrido los dineros del Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS); si no hubiese desatado la corrupción en la Secretaría de Salud, a la que hoy se acude en multitudes, cuando ya pasó por allí un virus que infectó las instituciones de sanidad por décadas: las dejó sin oxígeno, agónicas y en una condición desahuciada por el virus: el de la corrupción.

Esos datos son aterradores, no solo por la cantidad de dinero robado, sino porque cada pastilla fantasma, por cada jeringa inyectada en el desabasto, cada prueba que no se hace por falta de recursos, cada lempira que fue desviado por una campaña política para bendecir el poder que hoy, en un espejo de miseria humana, nos escupe la realidad sanitaria de este país.

Esta pandemia desnuda las calamidades, llevándonos por un recorrido extremo por todo nuestro sistema de salud, con hospitales, centros con escasez de medicinas e insumos médicos, fallas del servicio de agua y electricidad y; en algunas instituciones, falta de personal médico calificado, pero aun así, el personal de salud está logrando cosas extraordinarias.

Imagínense si se les regresara el dinero que fue sustraído ilegalmente y que se les brinden las herramientas que tan desesperadamente necesitan. Pero no, lo que el Congreso Nacional hizo fue aprobar dos mil quinientos millones de dólares, para atender la emergencia por la pandemia del Covid-19; es esta una autorización para que la Secretaría de Finanzas en nombre del gobierno de Honduras proceda a gestionar esos recursos que se supone, que con eso activan los mecanismos de emergencia y reorientar fondos de proyectos y fondos del Presupuesto Nacional, para atender, prevenir y estar listos para un escenario crítico, como lo pintan las escalofriantes curvas de la pandemia.

Pero más allá de esa plaga de saqueos y estadísticas, este virus ha servido para que los hondureños tomemos conciencia de la extraordinaria calidad profesional y humana de nuestros trabajadores de la salud: médicos, enfermeras, auxiliares, conductores de ambulancia, vigilantes; ellos casi que con las uñas ponen a prueba sus capacidades con una valentía sin límites. Pero cada día que pasa, queda claro también que la dotación de nuestros hospitales no da para mucho más, y ver desfilar cadáveres e infectados es una tragedia donde todos hemos sido víctimas del desorden administrativo y de las grandes fortunas sustraídas de la «enfermedad» viscosa de la impunidad.

Esta pandemia ha mostrado con total evidencia, que quienes están cuidando nuestra vida son los trabajadores públicos con sueldos de hambre: los enfermeros, los médicos, el personal técnico, choferes, policías y una larga cadena humana para salvarnos de este holocausto 2020.

Ellos son los que ejercen con dignidad su profesión hasta poner en riesgo su propia vida, que no solo hacen lo posible por atender y estabilizar a tantos pacientes, también tratan de mil maneras evitar que la población sana se contagie y para ello ofrecen cada día información veraz, combatiendo la desinformación de consumo diario en una sociedad arraigada en la mentira. Ellas y ellos han luchado contra este virus con un imperativo ético en el epicentro de la calamidad desnuda, del país que nos enfermaron y robaron.