Columnistas

Honduras negra

Se desploma cual pluma, con gracia de ave, y baja aleve para sumarse al río que lo arrulló por cien años. Superando a mil huracanes y tormentas tropicales nacidas desde 1915, año de su construcción, la tempestad ciclónica Eta logró vencer al bello puente metálico que sobre río Ulúa y junto a Pimienta (Santiago) se alzara para impulsar el dorado sueño del ferrocarril patrio. Esta por cierto la ilusión más querida, tras la integración ístmica, de los hondureños de siglos XIX y XX. Ambas a su vez fracasadas por egoísmo y corrupción.

Como ya repite el mundo, el moderno puente, dotado con articulaciones de espiral que le permitían flexibilizarse al paso del tren o al golpe de la arremetida acuática, único en su clase, fue imagen para la estampilla Honduras Negra autorizada en 1915 bajo los cánones de la Unión Postal Universal (UPU) y que, por error al ser impresa en American Bank Note Company (el azul fue demasiado profundo, luciendo negro), cosa que la hizo objeto de insólita curiosidad, se ordenó destruir la entera serie si bien “escaparon” (sustraídos por el operario) tres ejemplares posteriormente bien vendidos ya que en 2012 una de las copias conocidas (las otras son de dueños anónimos) se subastó por 130 mil dólares. Es el sello más caro de Latinoamérica y el aéreo más raro del mundo.

Se puede repetir anécdotas pero es vana la banalidad. Más interesante es recordar que Pimienta fue la postrera estación del imaginario tren inter mares que ayudaron a edificar las corruptas bananeras a que gobiernos cachos (como Manuel Bonilla) otorgaron desproporcionadas exenciones y beneficios para que tendieran la línea férrea entre Puerto Cortés y Amapala, siendo esa otra dolorosa frustración local.

Como tampoco, siendo patrimonio de cultura, se le protegió. En 2017 Invest-H suscribió con BID un préstamo para revisar el deterioro estructural (fatiga) del puente pero no hay señas de que siguieran los consejos técnicos, a pesar de que el país cuenta con cierta unidad de ingenieros militares que ni Judas sabe para qué sirven. Su destrucción no es mágica, debe haber responsables.

Sucede más. Mientras que el historiador devela sucesos, el novelista usa la intuición para auscultar qué hay tras el hecho. Y es curioso que en 2009, previo al vergonzoso golpe de Estado, un sismo derrumbara tanto al puente La Democracia como al edificio de corte de justicia en San Pedro Sula, insólita declaración con que la naturaleza advertía que entrábamos a una era en que ambos principios —democracia y equidad— extraviaban su valor.

La rendición del puente férrico en Pimienta puede interpretarse igual como nuestra salida próxima de la Honduras negra dominada por la mafia política y narca que gobierna, así como por la ira de un pueblo que por fin cobra conciencia política y que busca que el ayer se hunda en el olvido, en tanto aprende a defender sus derechos —y nación— más allá del riesgo de la vida.

Debe ser un adiós a la réplica de los gobiernos dictatoriales del siglo XX, a las deshonestas bananeras —equivalentes hoy al negocio desleal y sucio— y a las políticas “de hierro”, estilo “delincuencia cero”, “ley y orden”, fascistas y antidemocráticas que estamos obligados a superar para siempre o aventuramos el riesgo de desaparecer