La palabra sueño podría parecer más próxima al lenguaje de un libro de autoayuda o al inventario léxico de un joven que está apenas por iniciar muchas etapas en su vida, pero lo cierto es que todos hemos tenido alguna vez uno.
Antes de comenzar a reflexionar sobre los sueños hay que aclarar algunas ideas. Por una parte, el Diccionario de la Lengua Española (DLE) define la palabra en su sexta acepción como “cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse”.
Definición que considero alejada del concepto común de “sueño”, que más se parece a un proyecto realizable que se diferencia del resto de nuestras metas solamente porque es la más anhelada, entonces nuestro sueño es nuestra meta más querida.
Quedémonos con la concepción popular y no con la imprecisión lexicográfica del DLE, la gente cuando tiene un sueño cree que es realizable, y, de hecho, algunas veces lo consigue. Alrededor de esas metas llamadas sueños hay una especie de cultura popular: consejos para alcanzarlos, libros motivacionales, frases, gurús “alcanzasueños”, religiosidad, personas serias detrás de esto y charlatanes también.
Y no es extraño, el tema de los sueños está íntimamente ligado a nuestro desarrollo existencial, da respuesta a una de las preguntas existenciales que más angustia pueden causar: ¿para qué vine al mundo? ¿Qué hago aquí? Es por ello por lo que desembocamos tanta energía en ellos.
No se trata entonces de una menudencia, quizá la palabra “sueño” le quite a los ojos de la mayoría de las personas un poco de seriedad, pero si se lo analiza con sensatez, no hay por qué restarle importancia. Hay sociedades que favorecen el trazo de estos objetivos y hay otras que no.
Las que sí, lógicamente, son aquellas de los países desarrollados y las que no, son aquellas de los países llamados en vías de desarrollo. Hablo, desde luego, de aquellos propósitos más sensatos, no de desbordes de la emoción o de la liviana verbosidad. Vivimos en un país que no favorece la consecución de los sueños.
En este punto hay que tener claro que no estoy elaborando un discurso en el que culpo a un ente que a veces se percibe como sobrenatural y con poderes casi absolutos pero que pocos saben definirlo exactamente: me refiero al sistema. Aún así, hay quienes (no pocos) se atreven a soñar, pero hay otros que simplemente no lo hacen.
Los países llenos de personas sin metas se transforman en agua estancada, son países que funcionan para subsistir, que andan en piloto automático. Se llenan de resignación y desesperanza. Hay ya formado para entonces un circulo vicioso.
Es ahí donde el concepto de “sueño” del DLE citado al inicio tiene más sentido, se convierte en un asunto más de fantasía, carente de realidad y se posibilidad de realizarse. Nadie se los toma en serio y los que sí son tachados de idealistas.
La falta de metas concretas y el hecho de dejar de creer en ellas es un duro golpe al quehacer existencial de cada individuo, y el ambiente social se ve afectado por ello. Después de todo, la sociedad es una suma de individuos, y si sus partes no funcionan correctamente, en sí, tampoco lo hará.
A veces a los sueños, les damos ese tono romántico (idealista), y en realidad tienen que ver con asuntos más existenciales y hasta con el buen funcionamiento de una sociedad.