Será que el país quiere que las Fuerzas Armadas den un golpe de Estado, hablemos claro porque todo queda en ese lenguaje oscuro”. Los medios locales atribuyeron esta expresión al general Francisco Isaías Álvarez Urbina, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Honduras.
El general tiene razón. Debemos hablar claro.
Pero atención, las personas de a pie carecen de eso que los abogados llaman “iniciativa de ley”. En los entendimientos a que el general se refiere otros son los interlocutores. Por ejemplo, el general Álvarez Urbina recuerda que en el 2009 las FF AA actuaron previa orden judicial. Antes se quiso discutir el asunto de la destitución del mandatario en el seno del Congreso, acción que fue pospuesta hasta que los hechos estaban consumados. En este caso las FF AA cuidaron las apariencias mucho más que en el pasado, eso por “las diferencias de contexto”, como también aclaró el general. En otros borrascosos pasados, la institución armada hacía las cosas “de un solo pencazo” (López Arellano), aunque seguramente con la venia de otros más arriba y al Norte.
Nos guste o no, la Constitución atribuye a las FF AA el papel de “garantes” de la misma (Artículo 272) y de la coexistencia ciudadana. ¿Y qué quiere decir garantes? A esta altura del partido, respetable general, usted y sus colegas ya deberían saberlo porque lo primero que hace quien asume un puesto o función es alfabetizarse sobre tal.
En las monarquías constitucionales europeas la realeza es, de hecho y por ley, garante del orden político. Son la última instancia a que la sociedad recurre para solucionar sus conflictos. Entre los millones de católicos del orbe el garante de la fe es el Papa, el obispo de Roma. A su juicio se acude para resolver los asuntos fundamentales de doctrina.
La historia registra que monarquías y papado usaron fuego y espada para resolver conflictos. Con el transcurso de los siglos devinieron obligados a refinar los recursos de método; con ello lograron afianzar la legitimidad política de su papel. Hoy sería inconcebible que la reina Isabel ordenara la horca para disidentes o el Papa reviviera la Inquisición. Los mecanismos de tales poderes son ahora más sofisticados y sutiles, suaves y relajados como el té de la tarde.
Los garantes de estos lares todavía están lejos de tener ese discreto encanto de las monarquías y otros garantes del mundo desarrollado. De cuando en vez intentan pininos, como este de escuchar a un general que pone a discusión pública el papel de las gloriosas.
Otra oposición, políticamente más educada, más refinada, sensible, responsable, de toque más sutil, habría ya bien aprovechado esta muestra de avance en la actitud de los generales para aceptar su invitación al diálogo. Porque tiene razón el general Álvarez Urbina: al sol de hoy, no se está para golpes. Correcto. ¿Pero es que esa es la única opción para hacer cumplir la Constitución?
Porque, hablemos claro, se debe cumplir. Repase todo mundo el Artículo 375 de la Constitución y aquel otro (Artículo 239) con que la Conferencia Episcopal de Honduras razonó que MZR ya no era presidente cuando se le envió furtivamente a Costa Rica. Bajo esta óptica, JOH y sus cercanos correligionarios no solo han violentado la Constitución sino que, por sí mismos, se han destituido de sus cargos (Artículos 239, 321 y 322). En adelante, y si nos ponemos serios, sus actuaciones usurpan la majestad de sus funciones. Dejar eso impune sienta un precedente nefasto. El Artículo 3, el Artículo 375 y otros obligan a cualquier ciudadano a luchar por restaurar el orden constitucional y a rebelarse contra los violadores. Así que en este caso la impunidad es una provocación. Es golpear la cara, incitar la cólera, despertar la indignación de cualquiera que ame a su país.
De acuerdo, golpe de Estado es lo menos deseable en estas como en otras circunstancias del pasado. Es que hoy existen, como antes también, muchos otros recursos para arreglar entuertos, para rectificar o hacer que se rectifiquen errores que pueden conducir a la catástrofe. Como dicen los ingleses: “Hay muchas maneras de pelar un gato”. La historia enseña que las formas refinadas realzan el discreto encanto de las élites de poder. A ver si en esta ocasión estos gallos nos sorprenden con un nuevo aletear.