Hay una estructura renovada que amasa la élite del poder, que sin más luces intenta reinterpretar la historia a su favor.
El ingreso abruptamente de 40 policías militares, sin previa matrícula, que entraron e interrumpieron en el campus universitario y persiguieron a la población estudiantil disparándoles a diestra y siniestra. El motivo encaja en una novela de terror: unos 2 mil jóvenes habían bloqueado el bulevar Suyapa, frente al centro de estudios más grande del país, con sus consignas excitadas en el fragor de las primaveras y las energías rebeldes de los años libertinos de sus sueños. En seguida llegaron unos 300 oficiales, incluyendo cerca de 40 miembros de la Policía Militar de Orden Público (PMOP), que minutos más tarde sofocaban esas utopías lanzando bombas lacrimógenas a los universitarios. Los estudiantes, con sus trincheras de libros y cuadernos, reaccionaron tirando piedras a los agentes y, en respuesta, los efectivos de la PMOP entraron por la calle peatonal disparando con sus fusiles de guerra contra los asquerosos ideales de la humanidad. El humo despavorido de gritos, llantos y disparos se amontonó en la indignación y el terror de esa tarde y dejó tendidos en la batalla al menos cuatro personas que fueron asistidos por compañeros y elementos de la seguridad privada de la UNAH tras sufrir heridas de plomo
en las piernas.
He aquí el declive del pensamiento, desde hace mucho tiempo, más allá de este operativo, a partir de los años 70 cuando rectoraba la ideología, se ha expulsado la inteligencia humanística, ética, estética y la formación intelectual en la alma máter. Parece que nuestro destino de educación es una aventura fallida. Me recuerda a aquella lúgubre frase de “¡Muera la inteligencia!”, la cual pronunció el general franquista José Millán-Astray el 12 de octubre de 1936 frente a Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, y que parece que fuese pronunciada con el tesón firme de la voz de mando en nuestros pasillos universitarios. Esta es la derrota de la educación racional, ahogada por las inhalaciones de los gases irritantes que dispararon los soldados.
El gobierno admitió casi con orgullo que sus fuerzas usaron balas vivas “por principio de proporcionalidad a fin de repeler ataques de alta peligrosidad”. Claro, eso también es posible, porque las capuchas que hoy usan estos muchachos, antes las usaron los policías con el propósito de torturar en aquellas décadas perdidas de la Guerra Fría.
El vigor que criminaliza e impugna la protesta social, quiere convertir a la gente en un Homo Economicus, como si todos y todas fuéramos candidatos a manejar el poderío al igual que lo maneja esa clase aparte que explica la democracia con sus cálculos programados para ser exactos en sus posturas de ambición y dominio que alimenta la enajenación, el fanatismo y la violencia que desencadena una especie de nueva barbarie en las aulas de la memoria reflexiva y de pensamiento crítico: esa extraña cosa que es la subsistencia de la democracia.