Columnistas

Tan próximas las elecciones generales, la política lo impregna todo. Una que no encanta, que preocupa por las aristas disfuncionales que presenta. Ya son cotidianos y constantes la queja y el desaliento por lo que se considera es incertidumbre lo que depara el futuro. De los dos liderazgos con probabilidades de alzarse con el triunfo no se logra captar la expectativa de que viene un cambio para mejorar. No se trata de su condición personal, ya se saben buenas personas, pero es que no es suficiente. Claro que una tendencia electoral puede revertirse con un hecho inesperado o con una buena campaña. No hay malos candidatos, lo que hay son malas campañas. Pero por ahora seguimos perplejos, como atrapados en la angustia del devenir fortuito para nuestro país, al grado de que nos impedimos de ver maravillosas manifestaciones de la nobleza del pueblo hondureño, que transforman vidas y hacen cambios. Sorprendentes historias de generosidad, de todos los días, de altruistas ciudadanos que dejan a un lado su comodidad para apoyar y sacar adelante a compatriotas hasta entonces desafortunados, a quienes la mano fuerte y magnánima les resuelve problemas, les facilita la vida y les da esperanza. Por razones académicas, he podido conocer más allá del marketing las loables labores de Fundación Abrigo, dando albergue a familiares de pacientes del Hospital Escuela; de la Operación Sonrisa, llenando de vida con las cirugías y terapias necesarias a infantes con labio leporino; y de la Funohcam. Entrega que conmueve. Sus presidentas Ana Cristina Aguilar, Jeannie Barjum y Rosemonde de García, junto a los equipos de alto nivel que han conjuntado, son muestra de que Honduras es grande. Que más que de allá o de acá, Honduras es de aquí. Y que aquí es donde debe empezar el cambio.