Columnistas

(E)lecciones de marzo

Si la historia democrática hondureña fuera una novela, sería una bastante sosa y aburrida. No habría nunca nada nuevo. Solamente las mismas caras —o caretas (por aquello del teatro griego)— representando personajes en los mismos absurdos conflictos de siempre. Esto por aquello que se dice de que los malos escritores hacen la misma historia muchas veces, y solo van cambiando nombres de protagonistas, algún que otro detalle, pero la historia es la misma.

Lo advertí hace algunos años en este mismo espacio: lo que necesitamos son reformas a la moral. Como apenas se han comenzado a contar los votos y las actas del proceso democrático realizado el pasado 14 de marzo no me puedo aventurar a dar una conclusión sobre los resultados: ya llegará su momento. Sin embargo, es evidente que no ha quedado buenas sensaciones en la población.

Está demostrado que si el aspecto general de las cosas no cambia la población desconfiará tanto del conteo y procesamiento rápido de votos (2017) como del silencio que se produce si no lo hay (2021). Con nueva ley o con una antigua, con Tribunal Supremo Electoral o con Consejo Nacional Electoral, con Tribunal de Justicia Electoral o sin él, el resultado para las personas es el mismo: el descontento. Y la razón es que se percibe que de fondo muy poco ha cambiado. Para contentar a una población tan desgastada democráticamente todo tiene que hacerse a la perfección, sin un solo error (literalmente) y con un nivel tan alto de confianza que me temo no es posible, al menos en estas latitudes latinoamericanas. Cualquier resbalón, grande o pequeño, la población hondureña seguramente lo juzgará con mucha dureza. Y las sensaciones de este proceso reciente deja enormes preocupaciones sobre los comicios de noviembre próximo. En las Elecciones Generales las suspicacias suelen ser mayores, las disputas más encarnizadas y los resultados aún más discutidos. Es necesario que para las elecciones de noviembre lo que consideramos errores en este reciente proceso, no se cometan.

En otras épocas no habría sido tan raro que pasaran las horas sin resultados, pero en la era de la inmediatez, que no haya habido una proyección el mismo día o día siguiente ha resultado inaudito. Y yo creo que nadie se atrevería a juzgar de impacientes a los medios, a los movimientos y a la población en general. Y la inmediatez no quita lo efectivo; se puede ser lo uno y lo otro.

Se entiende que no es fácil organizar un proceso democrático en plena pandemia, pero espero que se haya aprendido. Sobre todo, porque lo más probable es que en noviembre seguiremos en ella —ojalá que un poco mejor—. Particularmente creo que las cosas se pueden hacer muy bien. El pueblo hondureño tiene muchas ganas de vivir unos procesos electorales que lo dejen satisfecho. Somos en general buenos ganadores y buenos perdedores. Tal vez más de lo último. Como dije, debido a tantos antecedentes de procesos turbulentos, es necesario que no se cometan errores. En este momento estamos como país concentrando fuerzas en recuperarnos de una pandemia y de dos huracanes. Que se dice fácil, pero en la fragua del día a día es durísimo para muchos hondureños. Nos enfilamos así, con un optimismo necio y renovado hacia noviembre, para escuchar la voluntad sagrada de pueblo. Sí, sagrada. Y con tal deben emplearse los mecanismos para obedecerla ciegamente.