En poco tiempo el joven presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha logrado posesionarse en la mayoría del electorado de aquel país, su ascenso, más que a su carismática personalidad, obedece al fracaso de los gobiernos que en las últimas tres décadas ha tenido el pueblo salvadoreño. Su triunfo en los últimos comicios para la elección de autoridades legislativas y municipales tiene un doble sentido, si lo entendemos como una derrota para la derecha representada por la Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y la izquierda aglutinada en el frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que han gobernado el país en los últimos 30 años.
Su vertiginosa carrera política no ha sido una avenida recta, en poco tiempo ha dado giros de timón, desde su militancia de izquierda en el exguerrillero movimiento que por muchos años mantuvo una oposición armada, llegando a su inscripción para las elecciones del 2019 a la presidencia de la República bajo la bandera de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (Gana), una organización de derecha y aliada con sectores muy vinculados con la corrupción. Ha terminado fundando su propia organización, que, a pesar de denominarse Nuevas Ideas, sus principales dirigentes dicen no tener ideología.
Desde la llegada al poder de la nación, Bukele ha dado muestras de autoritarismo, desafiando la institucionalidad, tanto que, ya siendo presidente dirigió el asalto a la Asamblea de diputados, en un claro desafío a la representación popular, acción que tiene mucha similitud a lo actuado por Donald Trump con el asalto al Capitolio con la idea de boicotear el ascenso al poder de Joe Biden. Su falta de respeto por las instituciones lo ha llevado a desconocer, incluso, los mecanismos de control presupuestario del país.
Nayib Bukele llega al poder con un 66% de la población que ejerció el voto, pero con apenas un 49% de votación de los inscritos, lo cual plantea el mismo problema que en muchos países latinoamericanos, donde el abstencionismo supera a los votantes. Los desafíos son muchos, para un gobierno que presume diferencias sustanciales con el pasado de un
sistema político.
Durante toda su administración, Bukele se ha quejado de no lograr acuerdos con la oposición para llevar a cabo sus propuestas; ahora tiene todos los poderes y esa ya no podrá ser una excusa justificadora, la deuda externa de El Salvador está llegando a los 21 mil millones de dólares, con una deuda social que implica bajos salarios, un sistema previsional con enormes debilidades, alto costo de la vida y altos niveles de concentración de riqueza, de igual manera, tendrá que aplicar políticas sociales, más que acciones de carácter militar y policial para el establecimiento de una política estable de reducción de las pandillas, importante será su voluntad de respetar la alternabilidad en el poder, que no viva la tentación de reformar la Constitución para reelegirse.
Lo que haga sobre lo anterior, marcará un rumbo diferente en el estilo de hacer política, de lo contrario, será más de lo mismo.