El temor de Dios es aborrecer el mal. Tal concepto bíblico y teológico es la principal arma contra la corrupción, es un eje transversal que armoniza la ética judeocristiana con la filosofía política. Lejos de significar un miedo paralizante, el temor de Dios es respeto reverente, la conciencia de la justicia divina y el entendimiento de que toda acción humana está sujeta al juicio de Dios.
Cuando una sociedad pierde el temor de Dios, vive en medio de pactos de maldad, injusticia, mentira, robo, muerte y destrucción. Entonces, la corrupción deja de causar vergüenza, el abuso del poder se normaliza y el dinero termina imponiéndose sobre la moral, la ley y el bienestar del pueblo.
El temor de Dios significa reconocer que existe una autoridad superior a los poderes del Estado, al poder político y económico; comprender que toda conducta humana tiene responsabilidad moral y que nadie puede esconder eternamente sus actos detrás de una investidura, una bandera política o una apariencia religiosa.
La Biblia es contundente. Proverbios 8:13 establece: “El temor de Jehová es aborrecer el mal...”. No dice tolerarlo, justificarlo ni acomodarse a él. Lo manda a rechazar. Por eso, resulta contradictorio proclamarse creyente y, al mismo tiempo, proteger al corrupto, aceptar el soborno, participar del fraude, utilizar bienes públicos para beneficio personal y/o encubrir la injusticia.
Este principio adquiere especial importancia en Honduras. El país ha enfrentado durante décadas graves problemas de corrupción, debilidad institucional y deterioro de la confianza pública. El Banco Mundial ha documentado desafíos persistentes en el control de la corrupción, el Estado de derecho y la rendición de cuentas.
Asimismo, la justicia estadounidense condenó en 2024 al expresidente Juan Orlando Hernández por delitos relacionados con narcotráfico, un caso que expuso con claridad hasta dónde puede llegar la captura criminal del poder público.
La corrupción en Honduras es sistémica; se encuentra en todo el sistema político y económico. Involucrados se encuentran todos los partidos políticos, ideologías de ultraderecha, ultraizquierda o sector social. Allí donde desaparecen los controles y la responsabilidad, es terreno fértil para la corrupción.
Honduras necesita comprender esta verdad. Durante décadas hemos observado cómo la corrupción ha penetrado instituciones, debilitado la justicia, destruido oportunidades y alimentado la pobreza. No existe corrupción inocente.
Cada lempira robado al Estado representa una medicina que no llegó a un hospital, una escuela que no se reparó, una carretera que no se construyó o una oportunidad que se negó a una familia. Honduras necesita instituciones fuertes, justicia independiente, vigilancia ciudadana y funcionarios íntegros.
Finalmente, el Creador del universo, por medio del temor de Dios, concede al ser humano el principio de la sabiduría y la autoridad para aborrecer el mal. La sabiduría para gobernar y conducir la nación apartada del mal. Entonces, solo así veremos la salvación y la prosperidad de Honduras. Queda planteado.