Un asesor en salud mental de la Organización Panamericana de la Salud advirtió recientemente que el consumo de bebidas alcohólicas es el principal problema de salud en América Latina.
Durante la Conferencia Latinoamericana sobre Políticas de Drogas, celebrada en Bogotá, señaló el experto: “El alcohol es el primer problema de su clase en la región, y no sólo de salud mental”, pues “entre los factores de riesgo que impiden una vida plena en las Américas, el primero es el alcohol; el segundo, el tabaco; el tercero, la obesidad y recién, en noveno lugar aparecen las drogas ilegales”.
Destaca su análisis que en Latinoamérica no hay capacitación para que los profesionales de la salud enfrenten el consumo de drogas, y que dado que una persona sólo accede al derecho cuando tiene posibilidad de elegir, si sus únicas opciones son el hospital psiquiátrico o la calle, no existe tal derecho.
La OPS, sin embargo, elude tratar aquí una situación mucho mas grave, cual es que la salud en general, no solo lo concerniente al tratamiento de drogadicción, carece en general en nuestro subcontinente de la atención de los gobiernos e instituciones especializadas.
Las cifras comparativas sobre gastos estatales en seguridad con los concernientes a sanidad pública son más que reveladoras ya que América invierte en armas y dotaciones relacionadas un tercio más (en los mejores casos) y hasta 50% (caso proporcional de Honduras) en el primer rubro que en el segundo.
O sea que hay más policías y soldados en activo y de alta que médicos y enfermeros contratados; más carros de combate y vehículos bélicos que ambulancias, y desde luego muchas más municiones y equipos de guerra que medicamentos.
A fin de superar esa desproporción en algunas naciones se ensaya la práctica del médico de barrio, quien es un galeno general que reside en la circundancia de un determinado volumen de población, a la que está obligado a atender a cualquier hora de día o de noche, y a la que provee tratamientos elementales de salud, teniendo la capacidad de llamar a los especialistas o remitir al paciente a un hospital cercano si la dolencia sobrepasa sus capacidades o dotaciones.
El sistema da empleo a una significativa cantidad de doctores, a la vez que les permite proseguir sus estudios o una especialidad mientras mantiene a su comuna sana, un poco al estilo (pues tal es su filosofía) del policía de barrio, borrando así aquella burla tan precisa que se hace del capitalismo, la que advierte que algo debe funcionar mal en un sistema donde llega primero la pizza que una ambulancia.
Tan grave como ello es el concepto filosófico que reina al centro de muchas doctrinas estatales sobre salud y que son curativas, raramente preventivas.
Se trata de esperar a que la enfermedad aparezca y ataque para erradicarla, a que el ser humano enferme a fin de curarlo y no, como dicta la lógica humanista, educarlo para vivir en sanidad. La escuela, por señalar, una instancia formativa, instruye en diversos contenidos menos en el cuido del cuerpo (y del alma), que es el camino a la felicidad.
Los medios de comunicación, que deberían ser auxiliares para inducir a mejores modos de existencia, son por lo opuesto declarados enemigos de ello pues incitan mas bien al consumo desaforado, haciéndose a la vez cómplices del silencio comercial sobre lo correcto.
Y qué decir de credos e iglesias, interventores profundos en la mente de las personas y a quienes en vez de invitar a la moderación espiritual excitan al fanatismo, la intolerancia y la superstición… El mundo no es que está loco, es que está malo.