Columnistas

Dickens y un país en síncope

Por esta época reverdece en casi todo el mundo la fascinación por Charles Dickens, aupado por uno de sus cuentos memorables, “Canción de Navidad”.

Pero el escritor inglés ganó su espacio en la historia al describir con maestría, sarcasmo y algo de humor la desdichada Inglaterra que le tocó vivir hace doscientos años; cuando lo leemos en nuestro paisito incendiado, es inevitable la comparación desoladora.

También a nosotros nos llega la Navidad en una Honduras lacerada por la pobreza, la injusticia, la desigualdad; y para rematar, una sociedad confrontada, la protesta en las calles, los ánimos alterados, la sensación de trampa; con un grupo que se siente engañado y otro que tiene miedo; más de treinta muertos que pretenden olvidar olímpicamente; un Tribunal Electoral sospechoso y la solución del problema que parece lejana.

Una de las grandes novelas de Dickens, “Historia de dos ciudades”, tiene un comienzo inmejorable: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

Parece que Dickens hablara de nosotros; no importa dónde ni cuándo, los tiempos violentos siempre golpean a los mismos, y se sufre el mismo dolor, es tan igual.

Aquí el bien y el mal cambian de bando rápidamente, y en grado superlativo: los manifestantes sienten que vulneraron su derecho y reclaman respeto a las leyes, y abominan de quienes los reprimen, gasean y disparan; las autoridades criminalizan las protestas, creen defender el orden y la propiedad privada con militares y policías.

Resultado: enfrentamientos, violencia, destrucción. El país es un caos infernal y hay miedo en todas partes. Sobran personajes dickensianos en nuestros barrios, desde Oliver Twist, David Copperfield, Pip y hasta el viejo avaro Scrooge.

Una digresión para mirar a Chile; en un mes votó dos veces, el resultado se conoció el mismo día, no hubo anormalidades en el sistema que inquietaran; la institucionalidad está consolidada, hay confianza del elector. No siempre fue así, el país sufrió la dictadura criminal y corrupta de Pinochet, atrasó su desarrollo.

Hoy tiene un envidiable crecimiento económico y su democracia avanzada permitió que su presidenta Bachelet, de izquierdas, llamara al presidente electo Piñera, de derechas, para felicitarlo y desearle éxitos. Mientras nosotros, casi cuatro semanas después de los comicios nos seguimos desangrando.

Las elecciones se inventaron para que el cambio de gobierno fuera incruento, pero aquí no es así, no por ahora. Ya sabemos cómo y el porqué comenzó toda esta barbarie, pero hay que encontrarle una salida antes que nos matemos todos.

Uno: que los miles que protestan acepten como limpias las elecciones, que las irregularidades del TSE son pequeñeces y que los magistrados son intachables.

Dos: que los que gobiernan permitan una nueva elección, como proponen la comunidad internacional y los manifestantes. Tres: un acuerdo político dialogado. Difícil, complicado; pero dicen que han encontrado vida en las lunas de Júpiter. Como todos queremos justicia y paz, vuelvo a Dickens: “Considera que nada es imposible y trata las posibilidades como probabilidades”.