Columnistas

Los hondureños, en su inmensa mayoría, estamos exigiendo a nuestras dirigencias políticas, sociales, empresariales y religiosas encontrar, cuanto antes, el camino que conduzca a la normalización del país.

El plato fuerte en el menú del día debe ser el diálogo fresco a la hondureña, con postre de patriotismo en miel de palo y refresco de buena voluntad y transparencia.

El diálogo constructivo y tranquilizador, en nuestro país, no ha sido figura alejada de la solución de otras crisis que surgieron después del año 82 y que amenazaron con romper el proceso de elecciones libres que se instauró con posterioridad a ese año.

En innumerables ocasiones las dirigencias políticas solventaron, mediante conversaciones de altura, transparentes y honestas, conflictos cuya prolongación incontrolada amenazaba con repercusiones sumamente destructivas.

Dentro del marco de una nueva constitución muy moderna para ese tiempo y con la sucesión ininterrumpida de los primeros gobiernos libremente elegidos, creímos haber borrado los no tan gratos recuerdos de los gobiernos militares de los sesenta y setenta y las amargas experiencias sufridas durante el último medio siglo, soñamos con haber encontrado la estabilidad política que traería consigo el salto cuantitativo del país hacia niveles superiores de desarrollo.

Creímos que dejábamos atrás las turbulencias político militares preñadas de mezquindad, intolerancia y odios sectarios entre hondureños contra hondureños, génesis del imperdonable estancamiento del desarrollo humano de la población catracha.

El pueblo hondureño apostó en el año 80 que por fin emprendíamos juntos el sendero de la paz social y del progreso y que pronto atravesaríamos el umbral de la pobreza para encontrar una mejor Honduras, más prospera, más digna, y más respetada.

Lamentablemente la chinche picuda que no solo transmite el Chagas si no también el gen maligno de la ambición, y el deseo enfermizo de algunos funcionarios en todos los niveles, de no ceder las mieles del poder, ha provocado que hayamos perdido la fe en encontrar esa Honduras prometida y muchos están convencidos que hemos caído nuevamente en el abismo de la intolerancia, abuso de la autoridad, y el irrespeto al orden y las leyes.

Platiquemos, desnudemos nuestras cartas sobre la mesa en un ambiente de inteligencia, respeto y construcción; juremos sobre la constitución y la biblia (sin mentiritas) que cumpliremos y haremos cumplir lo convenido.