Este veintitrés de abril se celebran dos importantes fechas, arriba indicadas, ocasión propicia para comentar en torno a su importancia y significado para nosotros, los que hablamos y escribimos en la lengua de Cervantes, el español o castellano.
Además, el Día del Idioma, lo que permite seleccionar aquellas obras literarias que considero son esenciales, intemporales, en toda biblioteca pública y privada.
“Honduras literaria”, por Rómulo E. Durón, dos tomos, prosa y verso. Gracias al compilador conocemos escritos del siglo XIX y primeras décadas del XX que constituyen las muestras pioneras de nuestra intelectualidad.
“Blanca Olmedo”, por Lucila Gamero. Una joven inserta en una sociedad patriarcal sujeta a convencionalismos, prejuicios, que limitan su existencia, ambientada en una ciudad provincial. Anticlerical en su contenido, refleja las convicciones personales de su autora y el espíritu liberal de la época en que fue escrita.
“Exaltación de Honduras”, recopilación por Óscar Acosta y Pompeyo del Valle. Antología en que distintos bardos exaltan a la patria, su gente, aguas, bosques, ciudades, campiñas, con ternura y nostalgia. Se incluyen datos biobibliográficos de cada poeta incluido.
“Tierras, mares y cielos”, por Juan Ramón Molina. Froylán Turcios rescató la dispersa producción poética del más grande aedo hondureño de todos los tiempos. La brevedad de su existencia impidió su consolidación; muchos de sus versos son clásicos entre los más representativos de la poética hondureña.
“Fábulas”, por Luis Andrés Zúñiga. Fábulas. El primer compatriota en abordar este género literario, sin que otros hayan logrado superarlo. Distintas generaciones además de leerlas han aprendido de sus moralejas. Pese a no proseguir en este género, resisten el paso del tiempo.
“Prisión verde”, por Ramón Amaya Amador. Lo social está presente desde la primera a la última página, diseccionando la vida cotidiana del proletariado al interior del enclave bananero. La fe y el optimismo, producto de sus luchas reivindicatorias, están presentes a lo largo del texto. De libro prohibido a libro leído y analizado en centros educativos.
“Mi país”, por Óscar Acosta. Canto amoroso, indignado, condenatorio de quienes han secuestrado a la nación. Difiere del resto de su poesía intimista.
“Los pobres”, por Roberto Sosa. La solidaridad con los de abajo, con alta calidad poética, despojado de estridencias panfletarias, premiado internacionalmente, traducido a varios idiomas, constituye la más elaborada obra de su numen.
“Rey del albor, Madrugada”, por Julio Escoto. Obra en que el autor despliega su sólido dominio literario, lingüístico, histórico, en recorrido temporal no lineal, el lector es transportado a distintos escenarios geográficos, con una constante también presente en la otra novela abajo incluida: la búsqueda de una identidad nacional.
“La guerra mortal de los sentidos”, por Roberto Castillo. Ambientada en la región lenca, un investigador indaga si aún sobrevive esa lengua indígena, en intento por retornar a las raíces, planteando el dilema existencial: quiénes somos, qué deseamos como colectividad.