En febrero del nuevo año, volé al Viejo Mundo y constaté que la gente no lee ni ve noticias, especialmente si son de las antípodas.Las personas caminabas por plazas y avenidas como si nada pasara en Catay, y se aglomeraban joviales en aquella calma, totalmente ignorantes de la tormenta que se avecinaba. En marzo gritaron S.O.S. las primeras planas y nos encerraron en nuestras casas.Las ciudades se vaciaron, mientras sabíamos de noticias apocalípticas desde países con nombres que solo se estudiaban en la escuela.
La partida temprana de mi amigo y compañero de antiguas luchas José Dolores T. fue solo un recordatorio cruel que la amenaza ya había dado vuelta al orbe y acechaba en el abrazo cariñoso, el beso fraterno y la conversación cercana. Perdimos la cuenta de días, semanas y meses. El personal de salud, paramédico, de seguridad y militar sacrificaron a los suyos, en medio de una sorprendida respuesta estatal que era superada por una demanda impensada de servicios de emergencia. Mis amigos, el Dr. Marlon A. y Fredy R., compañero de aulas universitarias, sucumbían fatalmente, mientras el mal llegaba a casa y doblegaba a mi alma gemela —servidora incansable de otros— sin lograr vencerla. Luego fue el Dr. Pablo U., abnegado facultativo que ofrendó su vida a costa del bienestar de otros.
La suma trágica aumentaba y cada nombre, cada apellido, cada estadística, clavaba su alfiler en nuestros cuerpos, en familias, comunidades y en la nación. Sin imaginarlo, la maldad se las arregló para hincar diente en los despojos de nuestro pesar colectivo: en la compra y venta millonaria e injustificada de suministros y equipos, las mitológicas moiras o parcas encontraron solícitos y crueles ayudantes en su afán eterno de hilar, medir y cortar vidas, ¿acaso no es así cuando se gasta sin sensatez en tiempos de precariedad y necesidad?
Hermosas muestras de espontánea solidaridad colectiva para ayudar a desconocidos que lo pasaban mal, se entremezclaron con el irrespeto al bien común que enarbolaba un grupo de irresponsables, ignorantes del uso de mascarillas, distanciamiento físico y medidas básicas de higiene en lugares públicos.
El llanto lastimero que siguió a esas acciones cuando alguno o varios perecieron semanas después, no debió ser castigo, pero lo fue. Figuras públicas, obreros y profesionales, ciudadanos, nos han dejado y entre ellos, lamento el viaje de nuestros queridos Roberto G., Rolando B., Abencio F. y Carolina C.No hay vacuna que cure el dolor de su ausencia y por ello, cuando todo esto pase (porque así será), deshojaré margaritas por todos ustedes —y también por los que no quiero—, mientras oro por los bienamados y pido el perdón de Dios para el resto.