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Coronavirus, entre desconsiderados y narcisistas

Animado más por curiosidad que desconcierto, me atreví a contarlos: de diez vehículos que circulaban de noche, siete llevaban puestas las luces altas; puede ser que las personas que conducen ahora sean cegatas, torpes o simplemente desconsideradas, o tal vez las tres cosas.

Hace años era impensable, sobraba quien le gritara: “bajá la luz, tal por cual”, seguido de un irrepetible insulto.

Lo mismo pasaba con quienes giraban en las esquinas sin usar la luz de vía, o que se estacionara sin las intermitentes. Peor, si lo pescaba un policía, no se quitaba la esquela y la multa. Ahora no pasa nada.

La Ley de Tránsito -que casi ningún conductor ha leído- lo dice claramente, artículo 81, la luz alta se usa en carreteras y la baja en zonas urbanas.

Hay multas por eso, quizás la Policía tampoco lo sabe. Los más abusivos estacionan contravía con las luces encendidas y el que viene responde igual, y ya está, salvajismo, predominio del más fuerte.

Esos ejemplos nimios ilustran una sociedad que hace tiempo perdió el respeto hacia el otro, la consideración, y se nota cada minuto: ruidos al vecino, chismorreo en la oficina, no ceder el paso, no hacer la fila, hasta algo tan sencillo como saludar o dejar el celular mientras alguien le habla.

Es tan importante el respeto como amalgama y desarrollo de la sociedad que la filosofía le ha dedicado mucho tiempo, desde Kant, Hegel o Habermas; también la sociología, desde Comte, Weber y Bauman; y por supuesto, la antropología, con Lévi-Strauss o Helen Fisher.
Desde la psicología nos remiten al narcisismo, esa patología del amor excesivo a sí mismo, aupado por una sociedad consumista, que sobrestima el triunfo individual egoísta y el valor de lo material.

Recuerda al héroe griego Narciso, que enamorado de su propia imagen, intenta besarla en el río y muere ahogado.

El estudio del narcisismo es extenso y especializado, tiene diferentes categorías, y en alguna están los que inundan las redes sociales y sufren buscando “Me gusta” y “Comentarios”; como los que tienen una suposición exagerada de sus derechos, se creen por encima de los demás, carecen de empatía; por eso hacen lo que quieren, sin medir su atropello al derecho y dignidad del otro.

Pues ahora tenemos una pandemia donde mucho depende de todos. El coronavirus se enfrenta de forma colectiva o no funciona. El distanciamiento social es para no enfermarnos nosotros, pero también para no enfermar a los demás.

El uso de la mascarilla es para no contagiarnos y, desde luego, para no contagiar al otro. A algunos estas reciprocidades ni las consideran ni les importan.

Cuando pase esta tragedia sanitaria vendrá una inconmensurable catástrofe económica y social que necesitará sacrificio compartido, solidaridad, empatía, comprensión, entendimiento, para evitar el narcisismo colectivo, el mismo que llevó a antiguos pueblos bárbaros a la autodestrucción.