Hace años era impensable, sobraba quien le gritara: “bajá la luz, tal por cual”, seguido de un irrepetible insulto.
Lo mismo pasaba con quienes giraban en las esquinas sin usar la luz de vía, o que se estacionara sin las intermitentes. Peor, si lo pescaba un policía, no se quitaba la esquela y la multa. Ahora no pasa nada.
La Ley de Tránsito -que casi ningún conductor ha leído- lo dice claramente, artículo 81, la luz alta se usa en carreteras y la baja en zonas urbanas.
Hay multas por eso, quizás la Policía tampoco lo sabe. Los más abusivos estacionan contravía con las luces encendidas y el que viene responde igual, y ya está, salvajismo, predominio del más fuerte.
Esos ejemplos nimios ilustran una sociedad que hace tiempo perdió el respeto hacia el otro, la consideración, y se nota cada minuto: ruidos al vecino, chismorreo en la oficina, no ceder el paso, no hacer la fila, hasta algo tan sencillo como saludar o dejar el celular mientras alguien le habla.
Es tan importante el respeto como amalgama y desarrollo de la sociedad que la filosofía le ha dedicado mucho tiempo, desde Kant, Hegel o Habermas; también la sociología, desde Comte, Weber y Bauman; y por supuesto, la antropología, con Lévi-Strauss o Helen Fisher.
Desde la psicología nos remiten al narcisismo, esa patología del amor excesivo a sí mismo, aupado por una sociedad consumista, que sobrestima el triunfo individual egoísta y el valor de lo material.
Recuerda al héroe griego Narciso, que enamorado de su propia imagen, intenta besarla en el río y muere ahogado.
El estudio del narcisismo es extenso y especializado, tiene diferentes categorías, y en alguna están los que inundan las redes sociales y sufren buscando “Me gusta” y “Comentarios”; como los que tienen una suposición exagerada de sus derechos, se creen por encima de los demás, carecen de empatía; por eso hacen lo que quieren, sin medir su atropello al derecho y dignidad del otro.
Pues ahora tenemos una pandemia donde mucho depende de todos. El coronavirus se enfrenta de forma colectiva o no funciona. El distanciamiento social es para no enfermarnos nosotros, pero también para no enfermar a los demás.
El uso de la mascarilla es para no contagiarnos y, desde luego, para no contagiar al otro. A algunos estas reciprocidades ni las consideran ni les importan.
Cuando pase esta tragedia sanitaria vendrá una inconmensurable catástrofe económica y social que necesitará sacrificio compartido, solidaridad, empatía, comprensión, entendimiento, para evitar el narcisismo colectivo, el mismo que llevó a antiguos pueblos bárbaros a la autodestrucción.