Un economista que trabajaba para un organismo internacional expresó hace varios años que “la gobernabilidad consiste en evitar que toda la gente se ponga brava… el mismo día”. La cita deja poco lugar a la imaginación.
Bajo esta lógica, un buen operador político será el que favorezca el desfogue de la sociedad, uno que contribuya a calmar con sus acciones la caldera de demandas legítimas que se cocina -a veces a fuego lento y otras a altas temperaturas- en el ánimo popular. Por el contrario, un mal político será el que no reconozca tempranamente las señales de la insatisfacción colectiva, o que provoque con sus ejecutorias u omisiones el aumento de la bravura y las explosiones de insatisfacción.
Contrario a lo que ocurre en otras realidades del planeta, entre nosotros son poco frecuentes las manifestaciones masivas de protesta ciudadana. La rebelión de los taxistas en 2005 fue acuerpada solidariamente por quienes transitaron a pie durante la jornada. La malograda cuarta urna de 2009 tuvo un impensado efecto movilizador de quienes adversaban la iniciativa, pero fue el golpe de Estado de 28 de junio el catalizador de la más importante expresión de protesta nacional del siglo.
El “acá no pasa nada” se mandó al tiesto de la basura aquel año de “resistencia”, pero no sería la última vez que la sociedad hondureña demostraría que no era indolente.
En 2015, iluminada por antorchas, una buena fracción de ciudadanía urbana saldría a las calles para demostrar su hartazgo contra la corrupción en el Seguro Social y el uso de sus recursos para sufragar la campaña oficialista.
La Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad (Maccih) es la “hija-no-deseada” (y hoy bien querida) de ese fastidio.
No menos relevante fue la oleada de furia colectiva que invadió carreteras y espacios públicos en 2017, indignada por la deplorable calidad del escrutinio electoral y cuya inconformidad se hizo escuchar hasta ahora con gritos, fuegos y pintadas en las paredes.
Dejando aparte estas expresiones de espontáneo y parcial concierto, entre nosotros no ha sido fácil la identificación estratégica de puntos de convergencia para proyectos comunes que superen el reciclaje cansino de eslóganes y trasciendan diversidades partidarias, sectoriales, gremiales y de grupos. Iniciativas que vayan más allá del horizonte cortoplacista e intenten atisbar al lustro, a la década, al mediano y largo plazo. Ha sido más redituable para negociadores políticos el disenso calculado que los trabajosos acuerdos.
Las dirigencias hondureñas se enfrentan hoy a un dilema: deponen posiciones para construir alternativas de beneficio colectivo o se mantienen atalayadas en suicidas divergencias. No verlo será asunto de vida o muerte, con bravos jueces decidiendo suertes desde la calle.