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Combate a la inflación, primera aproximación

La inflación golpeó a la gran mayoría de las economías del mundo en 2022. Entre las principales causas identificadas por los “gurús” del tema se mencionan los desbalances en la cadena logística y productiva derivada del “shock” del covid 19, las consecuencias de la guerra en Ucrania y, por supuesto, las alzas en el precio del petróleo.

En las economías desarrolladas (EUA y la Unión Europea) se presentó la inflación más alta de los últimos 30 o, 40 años, muy cercana al 10% o, incluso mayor. En los países subdesarrollados siempre ha sido alto el índice inflacionario, pero las situaciones son muy variables en cuanto a sus antecedentes en años y décadas anteriores.

En realidad, es muy distinto el comportamiento de la inflación entre los dos grandes polos de la economía mundial (países desarrollados y de menor desarrollo o, simplemente subdesarrollados para no jugar con eufemismos).

Mientras en los países subdesarrollados la inflación es prácticamente una costumbre o, una situación crónica con algunas leves oscilaciones; en muchos de los países desarrollados, si bien han pasado por periodos de inflación, en los años previos al inicio de la pandemia (2020) la gran preocupación, irónicamente, era el proceso contrario a la inflación (la deflación) que se explicaba por un estancamiento en la demanda coincidiendo con una gran capacidad de producir más bienes por el inmenso entramado de las transnacionales. La deflación ocurre en las fases de contracción o estancamiento económico.

Aterrizando en el caso de Honduras, el alza de los precios en 2022 golpeó duramente a la gran mayoría de la población; aunque los años previos no habían sido radicalmente diferentes. Para 2023, la situación económica se vislumbra muy mal, más allá de que algunos tecnócratas del nuevo gobierno continúen repitiendo el discurso de que hemos tenido un crecimiento económico “sólido y resiliente”. Lo cierto, es que Honduras persiste en la senda de un crecimiento bajo, insuficiente, y de paso, no equilibrado, no sostenible, no sustentable y, sobre todo, no incluyente.

La tasa promedio en las dos décadas de este siglo no sobrepasa el 3.5 anual. Lo más lamentable es que ocurra esto mientras el país dispone de recursos para producir potencialmente más allá de 24 mil millones de dólares, o 600 mil millones de lempiras, por año. En realidad, más allá de que se pueden aplicar políticas monetarias inteligentes que promuevan alguna estabilidad en los precios, en economías como la hondureña la demanda excesiva no es el mayor problema. El problema fundamental reside en la insuficiencia estructural de oferta. En otras palabras, la producción insuficiente; de nuevo, el poco crecimiento económico.

Por lo tanto, la manera más efectiva para combatir la inflación es alcanzar suficientes incrementos en la producción; sobre todo de granos básicos y los demás alimentos. Pareciera bien fácil y no hay necesidad de haber cursado las 60 o 70 clases de la licenciatura en Economía u otros grados mayores. Se requiere conocimiento y, sobre todo, determinación para tomar decisiones prácticas que enderecen el rumbo y no quedarse en lo superficial.

Volviendo a la inflación, también hay que combatir la especulación debidamente comprobada sin caer en controles irracionales de precios que puedan desestimular a los productores. Las políticas públicas se han quedado muy cortas en la creación y promoción de mercados más competitivos, menos monopólicos, oligopólicos y monopsónicos. Igual, ha faltado muchísimo para neutralizar inteligentemente el impacto de los precios de los derivados del petróleo incluyendo los altos cobros de impuestos en ese rubro. El gobierno sigue sin mostrar voluntad de sacrificio para mejorar calidad del gasto público.