Columnistas

Círculos de tiza

La práctica del poder es atractiva y seductora, al grado de generar adicción. De pronto el simple-mortal-hombre se acostumbra y peor, se aficiona, a que el orbe le rinda pleitesía y a que su palabra sea devotamente respetada, como la del faraón o dios, haciendo que en la cocción interna de su cerebro se produzca una lógica aunque anormal variable de sentidos ya que pierde la noción de que no es él como individuo lo que subyuga a los otros sino la máquina del gran poder, haciéndolo entrar en alienación, es decir desconocimiento paulatino, y por ende en una óptica espejeada, de lo real.

Se viste entonces con los atributos del mando y su voluminoso ego se transforma (o disfraza), con urgencia, en institución o gobierno, ya que desviste a su personalidad de lo que es terreno y se alza, se eleva a sí mismo como ejemplo de pureza material, y espiritual. De ahora en delante él es Él, y de allí el origen de plataformas egocéntricas al estilo de “el Estado soy yo”, atribuido a Luis XIV.

Lo siguiente es un proceso indetenible de engaño y autoengaño gradualmente construido. Al inicio el personaje ríe de las adulaciones de los demás, luego empieza a creerlas, pues “si todos repiten lo mismo” ha de ser verdad.

El grupo vegetativo y parasitario que lo rodea conoce que el único modo de asegurar que el Hombre continúe prodigándole beneficios, y no lo aparte, es rodeándolo de embustes, además de que perciben que en el fondo de su conciencia disfruta la mentira. Los monarcas del centro de Europa autorizaban, hacia los siglos XV y XVI, que en la Corte habitara un bufón, usualmente enano, a quien se permitía chistes, burlas e insolencias disparadas al rey, lo que era preventivo, filtro o vacuna contra el enfatuamiento; el arte pictórico (Velásquez) se ocupó de retratarlos para la posteridad.

Los gobernantes autoritarios y verticales modernos son peores que los pasados ya que estructuran su corte de lacayos con exclusivamente elogiadores, jamás con críticos, cosa que contribuye prontamente a su perdición.

Pues el sumo caudillo así afectado (infestado, infectado, maleado) concluye usualmente desenchufándose de la realidad concreta (de la población que lo rechaza) y encerrándose, dentro de círculos de tiza protectora, a lamer su imaginada grandeza en soledad.

Un último centavo de lucidez lo contradice y le insiste en que el entorno (desde criados a ministros) es falso y que ninguno se atreve a manifestar lo cierto, pero no hace caso. Entra entonces en la más trágica de sus facetas, que es la enajenación, donde no acepta a nadie que no sea él mismo y, por ende, en una atroz atmósfera de desconfianza política y existencial.

A partir de aquí sospecha de todos, los días son terrible duda del mundo, es ya incontenible la deformación o deterioro mental (cita a dios constantemente, divide al orbe en los de allá y los de acá, se torna represor y, o, asesino).

Vigila celoso la cocina por aquello de los venenos; sospecha del jardinero que con tijeras pueda matar; rota a los guardaespaldas frecuentemente, lo que empeora la percepción inmediata ya que los nuevos pueden venir vendidos; rehúye a las muchedumbres, sufre ansiedad y no vuelve a aparecer en público si no es cercado con anillos de matones, pues corre riesgo de un magnicidio. Hubo cierto sátrapa que mandó ejecutar la esposa por traspasar sin permiso su círculo blindado.

El poder es dulce pero quienes se obsesionan con él enfrentan la locura. Tarde descubren que su manía se paga con la salud. El pueblo así lo comprende y por ello es que a veces ni combate sino que deja correr el agua, que siempre trae vida.