Un estudio objetivo y sin partidarismo de la situación hondureña dirá sabiamente que el país se encuentra en su más intensa y dramática coyuntura social.
Ocurren fuertes indicios de que el Presidente de la República, proveniente de un fraude y una forzada e ilegal reelección, está involucrado en actos corruptos que van desde haber percibido capitales ilegales para la campaña como ser pariente de un capo confeso que empleó los instrumentos del Estado ––bajo cuido del Presidente–– para medrar, y que usó bienes nacionales para hacer narcotráfico, terrorismo, quién sabe cuán más. Criterio sencillo y preciso anchamente aceptado.
Ello deja incontestada la pregunta de cómo es posible que por una década jefes de Fuerzas Armadas (y su “inteligencia”), Fiscalía, investigadores secretos y Policía servil, no detectaran el movimiento del hombre, tan libre que le remitían de Colombia las pacas de coca con siglas propias, salvando tierras, selva y litoral bajo cuido de mílites. Tal secretividad, ¿no es cómplice? ¿Por qué no se contabilizan esos delitos, o es que somos una tribu con
rey absoluto?
Como definía Carl Oglesby a EUA en 1966 (“Década lista para basurero”), el nuestro es un Estado de conductas improvisadas y prácticas de terror que golpean incluso a ingenuos (¿o cobardes?) empresarios a quienes los chantajean con amenaza de enviarles diez auditores si incumplen alguna exigencia. ¿Hasta cuándo soportarán? ¿No se enteran de que acuerpando al neoliberalismo fascista e interventor se hunden ellos mismos? Honduras vive bajo políticas de espejo y extorsión, manadas desde la propia instancia constitucional, es decir de quien
debía cuidarnos.
Como consecuencia el esquema es cada vez más definido aunque cruel. Vivimos en un Estado excluyente ––los pobres son muchos, signo de inequidad––, híper atrofiado a causa de habérsele trastocado su función histórica pues en vez de servir a la comunidad sirve a élites. Dentro del mismo se dan terribles tensiones políticas, pero no porque se debata en torno a las mejores rutas de acción para superar el subdesarrollo, sino para seleccionar las áreas de explotación que cada élite ansía poseer: unos desean la tierra e inventan las ZEDE, otros el mar y se les da una portuaria, aquellos el ordeño del presupuesto nacional, que son quienes están siendo ahora acusados, los más discretos se instalan por décadas en el servicio exterior, que aprovechan para educar bien a sus hijos, y los menos, aunque poderosos, con auxilio o complicidad de las fuerzas represivas obtienen lucros enormes con el contrabando y la narcoactividad.
La res pública es una vaca rendida y mordida y trozada a pedazos por la hiena bicéfala de los partidos tradicionales, como han venido haciendo desde hace cien años, excepto que hoy con descaro, cinismo y ferocidad.
No hay proyectos visionarios y salvadores, estrategia de Estado, planificación a extenso plazo; todo se resuelve en la inmediatez, y es por ello que no descienden los índices de miseria, de analfabetismo, de insalubridad y enfermedad, si se carece de proyectos oficiales que vayan construyendo paso a paso, estadio a estadio, al edificio de la patria y la nacionalidad.
Por lo opuesto, con ocios tipo “morazánicos” se busca disolver cualquier instinto patrio que reste en la población, todo signo de identidad comunal, por el principio aquel maquiavélico de que pueblo que se niega a sí mismo es incapaz de defender lo suyo. Y lo “suyo”, que es lo nuestro, es lo que roban día a día, lo que hipotecan, malvenden y prostituyen cada día: nuestros recursos naturales, la fuerza laboral y la dignidad.