Columnistas

Las posibilidades de un cambio social en Honduras son añoradas pero aún irrealizables. La urgencia de las transformaciones nacionales, ante tanta inequidad, injusticia y deterioro socioeconómico de las mayorías, no encuentra asociada la atención que amerita.

La refundación de Honduras, como realidad y aun como concepto, está lejos de materializarse en lo presente. Quienes esgrimen la idea, como herramienta mercadotécnica y no como compromiso a ser cumplido, cada día convierten en más insustancial lo que es una ilusión casi generalizada.

Si contamos con tanta riqueza, humana, moral y natural, ¿por qué en vez de levantarnos se da origen a la percepción de que nos hundimos? El drama humano de la migración obligada por las circunstancias refleja la tragedia y los daños colaterales que forma. No es con lirismo ni acciones plagadas de rencor como el grupo en el poder integrante del partido Libre continuará convenciendo incautos. Las motivaciones que presentaban son las mismas de todos los partidos políticos, diferenciadas, únicamente, por los sinónimos y adjetivos utilizados.

También por los métodos y la profunda inclinación a la mentira que el cada vez más reducido grupo en el poder implementa. La promoción al odio de clases se arraigó desde el segundo bienio del gobierno del poder ciudadano 2006-2009, y su reticencia. No es el dinero lo que define las virtudes de las personas.

Pero los actos que realizan en cualquiera sea su condición determinan los sentimientos que generan y se autogeneran. Ricos buenos y pobres malos no debieran parecer extraños. A quienes ofendan a la sociedad se les debe aplicar la ley. Sin impunidad alguna. Asunto de orden, de organicidad y de voluntad.

Hay funcionarios que hicieron méritos en su capacidad caótica: rompiendo vidrios, quemando llantas, destruyendo honras, insultando, pero ya en la función pública se están desempeñando bien. Si cambiaran su motivación de odio a los demás.