Es difícil para todos. Terrible. Sin poder evitarlo. Se puede elegir entre lamentarse, dañar a los demás o ser proactivos, solidarios y positivos de forma que cuando esto pase, pasará, nuestros músculos, nuestros sueños y nuestra determinación sean más fuertes. Parece fácil. No para quienes carecen de condiciones mínimas para cuidar de su cuerpo, su mente y su espíritu y los de los suyos. Necesitan apoyo. No se da porque se puede sino porque se quiere. Los primeros, Banco Atlántida y Subway, así como tantos microempresarios. Ejemplos que ya siguen otros, quizás por hacer control de daños, pero lo importante es que ayuden. El gobierno debe apoyar a todo el que genere empleo. Sin desacertadas excepciones. Por otra parte, no debiera costar el que todos los grupos familiares, forzados a estar juntos, convivan en armonía en estas circunstancias. ¿No debieran estar más unidos y protegerse mucho más?
Lo lógico es que se trate mejor a quienes se ama. Pero el elevado nivel de ansiedad, en ascenso por la incertidumbre, agravada por los problemas sociales y la falta de dominio propio, pueden contradecir los deberes morales. Inaceptable. Los problemas hay que enfrentarlos no represarlos. Se han disparado las denuncias por violencia doméstica. A las dificultades ya existentes en la mayoría de los hogares hondureños sumar un ambiente hostil entre sus miembros es repudiable. No cabe la indiferencia. Los responsables tienen que recapacitar y buscar ayuda. No por el temor a parar donde les corresponde, entre rejas, sino al de quedar lejos para siempre de quienes más les aman. El trato amable y respetuoso se manda. Las buenas lecturas, los libros son los mejores amigos, el evitar el consumo de alcohol y de otras drogas, ejercitar el cuerpo, la alimentación moderada aunque sobra, el trabajo manual, el cultivo de plantas como del alma, deben favorecerse en estos tiempos. Es nuestro deber ser mejores personas. Y sobre todo, buscar a Dios. Tratar de ser a su imagen y semejanza