Quizá en un municipio del norte de Honduras o tal vez el oriente hay un damnificado que se llama, qué se yo… José. Se apellida posiblemente Martínez o López, aunque González es lo suficientemente común como para que también lo sea. Está casado, tiene tres hijos, pequeños todos. Y, aunque afortunadamente salvó su vida y la de su familia, perdió todas sus posesiones materiales. Su casa aún es habitable, pero tiene que sacar el lodo de ella. Es mucho, lo ayudan amigos y familiares. Mientras lava su casa piensa en cómo hará ahora. Su negocio era vender productos alimenticios en su carro que, aunque procuró salvarlo, quedó inservible.
Apenas ha podido conseguir un radio, escucha de ayudas, pero aún no sabe cómo le llegará a él en concreto. Sus hijos le preguntan qué sucederá con el colegio. No sé, responde él, no lo sé. De verdad no lo sabe, espera que sean flexibles con los niños y las colegiaturas. Lo más inmediato es sacar el lodo. Agradece las donaciones que le permitirán comer un par de días, pero después, ¿qué sigue? Se angustia, no es lo que él soñó, no es lo que esperaba de la vida.
Mientras descansa un poco del pesado lodo llega un vecino, digamos que se llama Rafael. Comentan la situación que están viviendo. Los dos se lamentan, se dan ánimo, se dan esperanza y se preguntan en qué se pueden ayudar. Llegan a la conclusión de que están en las mismas condiciones. Ríen, por fin ríen y se dan cuenta de que no todo está perdido. El sol se pone radiante por primera vez en varios días. ¿Irán a venir los políticos?, pregunta don José. No sé, le responde don Rafael, yo creo que no. O tal vez, nunca se sabe.
Usualmente cuando se habla de desastres naturales o cualquier otra catástrofe se hablará de la generalidad. Usted, en los párrafos anteriores, leyó lo que podría ser una particularidad. Son detalles, por ejemplo, que los números no pueden contar. Hoy, muchos hondureños están armando un rompecabezas sobre cómo salir de esta situación. Hay algunos que están deprimidos, golpeados, con los sueños rotos, pero no tienen tiempo para eso. No hay espacio para ser profundamente humano y decepcionarse, y llorar, y lamentarse.
Estoy seguro de que solamente esperan que la burocracia no haga del bien un trámite, un papeleo. Esperan que se encuentren maneras prácticas y prontas de ayudarlos. Aunque es muy posible que algunos de ellos simplemente ya no esperen y se conciban solos en medio de la feroz batalla.
Y se recuperarán. Por ejemplo, nuestro querido pero hipotético don José, a pesar de las dificultades, volvería a poner su negocio, a amueblar su casa, a pintarla. Por supuesto sus niños no dejarían de ir a la escuela. Todo con un impulso que solo tiene explicación en el amor hacia la vida. Eso es lo que tampoco dirán las ayudas memoria o los informes. Tampoco tienen por qué decirlo. Solo invito a no olvidar esta otra parte, la concreta, la humana, la que también impulsa el desarrollo.
Yo le diría a don José que cada vez que hay un invierno fuerte, hay la oportunidad para una primavera. ¿Se imaginan? Y que en esta, la noche más oscura de nuestro firmamento, se notará más que nunca el brillo de las estrellas. Y sin ánimos de excederme en el lirismo, no se nos olvide que nuestra Bandera es un firmamento con cinco estrellas que no me gusta imaginar de un pálido azul como dice el Himno, sino de un fulgor indomable.