Las bebidas autóctonas engalanan el exquisito menú gastronómico de Honduras, una el famoso atol de elote que se consume calientito en la temporada de cosecha del grano para desayunar o cenar, el otro, el atol de maicena, bebida ligera sabrosa al paladar, reparadora de la actividad digestiva cuando niños o ancianos han dejado de comer por desarreglos estomacales, pero necesitan urgentemente de un sustento alimenticio.
Recuerdo que en los años 50 y 60, los jóvenes de Tegucigalpa totalmente desinhibidos y faltos de prejuicios mezquinos, acudíamos -ya bien pasada la medianoche- al mercado San Isidro, donde la “Licha”, una señora agradable, pasada de libras, que instalaba sus toneles encendidos con brasas vivas para vender a su selecta clientela atol hirviendo, tortillas o pan caliente con frijoles.
Allí acudían los jóvenes Tegucigalpas con sus tacuches o trajes negros, camisas blancas con corbatines o vistosas corbatas y se mezclaban con los obreros, cargadores de basura, motoristas, madrugadores y otros humildes ciudadanos que aplacaban su hambre nocturnal o su incipiente goma. Nada malo ocurría, no existían altercados, ni señalamientos ofensivos o discriminatorios, de allí, muchos partíamos a declarar nuestros más nobles sentimientos a las jovencitas de nuestras ilusiones, arropados en las bellas melodías románticas de aquellos tiempos, arrancando con el “Despierta dulce amor de mi vida” y culminado con el “ya me voy”.
En el occidente del país, esas mismas trasnochadas no eran completas si no se disfrutaban de una buena y sabrosísima cumba de atol chuco. Hoy día en la capital de la República, también por lo general, en horas de la madrugada, en un lugar céntrico contiguo al viejo paraninfo de la Universidad, en un local amplio con columnas y estatuas, se puede conseguir atol chuco, solo que ya no se usan huacales o cumbas, porque se lo ofrecen a los ciudadanos introduciendo el dedo índice en la olla caliente y metiéndoselo a los clientes, con mucha suavidad, en la boca.
A eso se le llama entonces muy apropiadamente “atol chuco con el dedo”. Lástima que, en el diccionario de hondureñismos, la palabra “chuco” quiere decir sucio, desarreglados, intragable, pero “atol con el dedo” también quiere decir engañar, pretender burlarse de una persona ofreciéndole cosas que nunca se van a cumplir.
Como se declara en el final de las películas, para salvar la responsabilidad de los productores, cualquier similitud de este artículo con el remedo de solución magistral política, que el Congreso parió esta semana para establecer el brillante y patriótico procedimiento para la escogencia de los funcionarios y magistrados de los entes electorales, es pura coincidencia.
“Atol con el dedo” es que nuevamente se lo dan a tragar a este pueblo hastiado de tanto abuso y tanta triquiñuela política. Mi respeto para la gran cantidad de profesionales que sometieron de buena fe sus currículos y que se someterán a la tragicomedia de las audiencias, pensando que, tal vez, no será cierto lo que todo el pueblo ha estado anunciando a gritos: que “ese arroz ya está cocinado”.
Entonces, para qué traer hojas de plátano para envolver tamales si estos ya están calientitos y servidos en los platos de los tres alegres compadres, que ahora se reparten con cuchara grande el manjar del poder público.
Diosito, por favorcito, salva a esta destrozada patria.