Un anillo es de cualquier metal, forma y color, puedes portarlo donde gustes. En cambio, una alianza, siempre de oro, va en el dedo anular de la mano izquierda para simbolizar unión o pacto entre quienes contraen matrimonio. Las antiguas parejas romanas así como las judías intercambiaban alianzas en la ceremonia de boda para significar el compromiso del varón de abastecer el hogar y de la mujer para hacer correcto uso de lo depositado en el menaje de casa. Por ello se situaba en el anular, que tiene conexión directa con cierta vena cardíaca, la amoris o del amor, según el Advance Vain Care Center de Estados Unidos.
El convenio suponía, sin embargo, mucho más que lo material, pues se le adscribían éticos valores del tipo lealtad, fe, fidelidad y apego, siendo como un contrato de respetabilidad mutua y, obvio, de rechazo a la traición. Alianza es un sustantivo que proviene del verbo aliar, que a su vez tiene base etimológica en el latín alligare, o sea, atar, unir, y por eso lo emplea la humanidad para formalizar entendimientos y asegurar ligas políticas, aunque sin perder de vista -como data la experiencia histórica- que ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil.
Y de allí que a la alianza acordada entre Libre y Salvador Nasralla la figuren virtudes y vicios de siempre, pero sobre todo uno fundamental, que es que los contrayentes raciocinan y filosofan desigual. Mientras que Xiomara proviene de una reciente formación progresista, quizá no mayor de treinta años de lecturas, conferencias y estudios, Salvador ha practicado de por vida las artes mercantilistas del comercio, la publicidad, el centralismo figurativo y el gusto del buen dinero, no siendo esto último, desde luego, pecado. Deseo decir que aunque ambos se inspiran en un poderoso sentimiento de indignación y rechazo por cuanto acontece en Honduras, y de vocación para salvarla, más una sufrida sensibilidad social, su contemplación del futuro accionar político puede exhibirse, quizá, rudamente opuesta.
Mientras que Salvador querrá “hacer la revolución” (es metáfora) a partir de los bancos, el empresariado y cierto obsoleto modelo caudillista que ha declarado admirar el neoliberal de Pinochet, la dama es declaradamente reformista, lo que quiere decir de pensamiento moderado de izquierda, siendo probable que a seis meses de cohabitar el lecho presidencial (otra metáfora), o sea, de poner en práctica las medidas de cambio, comiencen a expresarse las diferencias y uno hale al norte y la otra al sur.
Las ideologías pueden, empero, transversalizarse y de pronto doña Xiomara accede a estimular entusiasta las fuentes del honesto capitalismo nacional, que lo hay y sería oportuno, como estilan los chinos continentales, y Salvador a perderle el miedo a algún radicalismo inteligente que se ocupa urgente, pues si no se acelera exponencialmente la prisa de las transformaciones el país tardará cien años, o nunca, en salir del atolladero en que lo dejan los conservadores reaccionarios (agradeced, villanos, no llamaros ladrones). El más triste desencadenante sería el rompimiento, críticas e insultos propios de la personalidad de Salvador, según lo visto en cercanos meses. Por lo que interrogamos qué tenemos, ¿si anillo o alianza?
El convenio suponía, sin embargo, mucho más que lo material, pues se le adscribían éticos valores del tipo lealtad, fe, fidelidad y apego, siendo como un contrato de respetabilidad mutua y, obvio, de rechazo a la traición. Alianza es un sustantivo que proviene del verbo aliar, que a su vez tiene base etimológica en el latín alligare, o sea, atar, unir, y por eso lo emplea la humanidad para formalizar entendimientos y asegurar ligas políticas, aunque sin perder de vista -como data la experiencia histórica- que ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil.
Y de allí que a la alianza acordada entre Libre y Salvador Nasralla la figuren virtudes y vicios de siempre, pero sobre todo uno fundamental, que es que los contrayentes raciocinan y filosofan desigual. Mientras que Xiomara proviene de una reciente formación progresista, quizá no mayor de treinta años de lecturas, conferencias y estudios, Salvador ha practicado de por vida las artes mercantilistas del comercio, la publicidad, el centralismo figurativo y el gusto del buen dinero, no siendo esto último, desde luego, pecado. Deseo decir que aunque ambos se inspiran en un poderoso sentimiento de indignación y rechazo por cuanto acontece en Honduras, y de vocación para salvarla, más una sufrida sensibilidad social, su contemplación del futuro accionar político puede exhibirse, quizá, rudamente opuesta.
Mientras que Salvador querrá “hacer la revolución” (es metáfora) a partir de los bancos, el empresariado y cierto obsoleto modelo caudillista que ha declarado admirar el neoliberal de Pinochet, la dama es declaradamente reformista, lo que quiere decir de pensamiento moderado de izquierda, siendo probable que a seis meses de cohabitar el lecho presidencial (otra metáfora), o sea, de poner en práctica las medidas de cambio, comiencen a expresarse las diferencias y uno hale al norte y la otra al sur.
Las ideologías pueden, empero, transversalizarse y de pronto doña Xiomara accede a estimular entusiasta las fuentes del honesto capitalismo nacional, que lo hay y sería oportuno, como estilan los chinos continentales, y Salvador a perderle el miedo a algún radicalismo inteligente que se ocupa urgente, pues si no se acelera exponencialmente la prisa de las transformaciones el país tardará cien años, o nunca, en salir del atolladero en que lo dejan los conservadores reaccionarios (agradeced, villanos, no llamaros ladrones). El más triste desencadenante sería el rompimiento, críticas e insultos propios de la personalidad de Salvador, según lo visto en cercanos meses. Por lo que interrogamos qué tenemos, ¿si anillo o alianza?