Columnistas

Alta es la noche...

Un par de semanas antes había ganado el primer lugar en un concurso de poesía de la secundaria y el maestro de Español supuso que esa inspiración para escribir bastaría y sería suficiente para recitar la creación de otro.

Debía hacerlo el martes 13 de septiembre. Había un par de señales terribles para reconocer ahí (“en martes ni te cases ni te embarques” ... y el ominoso número), pero no me di por enterado. Yo, quinceañero, estaba entusiasmado por la oportunidad y la invitación caía como anillo al dedo para salir del anonimato entre tanto imberbe.

Puse manos a la obra y me dediqué a buscar un poema, con la fuerza e intensidad requerida para la ocasión. Habiendo crecido entre admiradores y estudiosos del héroe de Gualcho y Perulapán -como mi padre Raúl y el abuelo Julio Rodríguez Ayestas- me incliné por Morazán y las páginas del “Canto General” de Pablo Neruda. “Alta es la noche y Morazán vigila. Es hoy, ayer, mañana? Tú lo sabes...” así inicia el chileno su célebre texto, que tuvo un efecto mágico e irresistible en mí. Seguro de lo que hacía, copié el texto a mano y utilicé el borrador para empezar a ensayar mi declamación. Recuerdo haber invertido el final de la tarde del lunes 12 en esta tarea: con papel en mano, deambulé por la casa leyendo y memorizando el texto, repitiendo en voz baja sus líneas. Parecía monje rezando letanías, pues lo hacía una y otra vez, para garantizar un óptimo resultado. Cuando mi padre llegó a casa esa noche, me encontró cómodamente sentado en la sala, viendo televisión y disfrutando del premio a mi esfuerzo vespertino. “¿Cómo vas con el poema, Miguel Ángel?”, me preguntó con curiosidad. “Todo en orden, papá”, le contesté. Experimentado actor de radio y teatro, me propuso hacer un ensayo de la declamación frente a él, para corregir entonaciones y pausas. Accedí, de mala gana, porque había invertido al menos tres horas de la tarde. Treinta minutos después, habíamos mejorado notablemente mi presentación, por lo que él insistió en practicar un poco más. Hice un mohín de disgusto, antes de practicar otra media hora. “Es suficiente”, le dije con cansancio y hastío, ignorando su consejo.

La mañana de ese martes había sol. Un poco más de 850 alumnos -todos varones- esperaban impacientes formados en las filas de sus cursos. El sacerdote anunció mi nombre. Seguro de mí, subí al podio para declamar, o al menos traté: aunque empecé con bríos, a mitad de poema olvidé el texto. En mi desesperación, repetí varias veces aquella línea (“Alta es la noche y Morazán vigila”) como si se tratara de un conjuro. Sudé frío. Las burlas de muchos acompañaron mi descenso eterno de aquel patíbulo. Mi hermano, dos cursos abajo y solidario, se lío a golpes con alguien que hizo mofa de mí, para “vengarme”.

Hoy, cuando hablo ante alumnos, un auditorio, frente a micrófonos de radio y tele, suspiro y sonrío al recordar aquel 13 de septiembre. No tanto por el bochorno, sino por el abrazo con que me aupó mi padre al llegar a casa. Él, mi maestro de vida, sabía que una lección había sido aprendida y que las palabras sobraban.