La joven de gafas oscuras, ropa moderna y caminar sofisticado se acercó al mostrador y preguntó el precio de una bebida gaseosa. Ya había mirado todas las vitrinas de lado a lado y el menú de arriba a abajo, así que cuando se acercó a la caja tomó por sorpresa a la encargada, que esperaba un pedido. Sin inmutarse (“la atención al cliente es primero”), la mujer le brindó la información solicitada, pero la joven reaccionó diciendo que en los mercaditos del pueblo los refrescos eran más baratos.
Sin perder la sonrisa, la vendedora le explicó amablemente que estaban en un restaurante y que los precios diferían, preguntándole si deseaba comprar la bebida o algo más. La chica dijo no con la cabeza, se llevó el teléfono celular a la oreja para atender una llamada y, dándole la espalda, salió del local. La cajera y un par de meseras que habían escuchado el intercambio se vieron entre sí y se rieron con complicidad: en la zona, en ese entonces, no había señal de telefonía celular.
“Mire Miguel, acá reconocemos a los capitalinos apenas entran por la puerta”, me confió la dueña del restaurante situado en Copán Ruinas, cerca de la frontera con Guatemala. “No me gusta estereotipar a la gente, pero ya sabemos quiénes son”, me dijo, con cuidada sinceridad pues sabía que yo soy de la capital. “Desde que llegan dicen que allá es así y acá es asá, hablan grandilocuentes, comparan y se quejan de todo; no es necesario escucharles acento ni ver tarjetas de identidad, pues su actitud les delata.
La historia de la joven que fingió hablar por celular es divertida, pero no es la única. Ahí perdone, porque sé que usted es de allá, aunque no se ha portado así cuando vino por primera vez”, agregó, como disculpándose. No pude contradecirla porque a los pocos minutos entró un grupo de clientes…notorios capitalinos e hicieron tal y como ella dijo, dejándonos mal parados (¡trágalos tierra!).
En otros países también se quejan de esa actitud de superioridad y arrogancia de quienes vienen de la capital. Lo constaté de mis amigos mexicanos al referirse a los “chilangos” (habitantes de la Ciudad de México), de los argentinos cuando hablan de los porteños (oriundos de Buenos Aires) y también de nacionales de otros países, hastiados de la jactancia de sus capitalinos.
Aunque los estereotipos tienen algo de perversidad e injusticia, recogen la sumatoria de molestias y discriminación que han debido soportar las regiones periféricas (“interior” les llaman peyorativamente) de parte del centralismo dominante de las ciudades que acogen el poder político (y a veces también el económico).
No pretendemos resumir acá las razones sociológicas, antropológicas e históricas de esta incómoda dicotomía cuyas implicaciones son graves en términos de desarrollo e inclusión para las naciones. Sin embargo, sus consecuencias afloran en los momentos menos pensados y dejan en evidencia no solo nuestras profundas diferencias sino las ridículas actitudes personales y grupales que las confirman. Sobran pruebas y por eso pedimos disculpas.