Cada año está lleno de aniversarios y conmemoraciones. Personales y familiares, las más cercanas y conocidas, comunitarias y significativas para amplias colectividades, el resto. Para todas ellas hemos creado festejos y recordatorios, dependiendo de si se trata de eventos alegres o tristes. No es igual congratularnos por un nacimiento o una boda que abrazar la irremediable tristeza de un fallecimiento o la remembranza de un momento traumático: convocados por unas y otras, nuestro espíritu adoptará la actitud que la ocasión demande.
Hace tiempo escribí en este espacio semanal que viví una experiencia única y especial cuando me encontraba en una estación ferroviaria en los Países Bajos un 4 de mayo y, de repente, a las 8:00 PM, todo el mundo paró en seco sus movimientos por dos minutos para guardar silencio y recordar a los caídos en la Segunda Guerra Mundial y con posterioridad a ella. Se podía escuchar música elegíaca en los parlantes y la actitud de la gente era de respeto y recogimiento. Concluidos los dos minutos, todos volvieron a su actividad normal y yo tenía un recuerdo imborrable en mi memoria.
Siempre me gustaron las conmemoraciones, aunque no fueran así de profundas en emociones. Muy joven supe que la avenida Cervantes en el centro de Tegucigalpa tenía ese nombre para homenajear el tercer centenario de la muerte del ilustre autor de “El Quijote de la Mancha”, lo cual me hizo sentir unido a un sentimiento que puedo llamar hispanoamericano. Por esa misma época supe que el obelisco en la plaza del mismo nombre de la ciudad gemela -Comayagüela- se había colocado ahí en 1921 para testimoniar el primer centenario de la breve independencia de la Capitanía General de Guatemala del imperio español de entonces, con un efecto totalmente contrario al otro pues llamaba a experimentar una identidad distinta y gallarda: la centroamericana
Mientras todo a nuestro alrededor -especialmente los actos cívicos de la escuela- remarcaba la nacionalidad hondureña, ese monolito de piedra que se elevaba al cielo, llamaba a sentirse parte de otra realidad más grande, regional y promisoria. Sin embargo, el mismo sistema educativo nos recalcaba paradójicamente que esa historia estaba llena de altibajos y traiciones, que había sido truncada con machete, mosquetón y bayoneta, con púlpitos divididos entre la superstición y la complicidad libertaria, con políticos más proclives a la guerra fratricida que al liderazgo constructivo. Que éramos cinco países, pero habíamos sido un solo proyecto, bajo un solo estandarte y una sola insignia que llamaban a sus habitantes a crecer libres y fecundos. Decía Valle que “si queremos que Centroamérica, nuestra digna Patria, sea una nación independiente, libre y feliz, es necesario que hagamos todos los sacrificios que exige la independencia”.
Conmemorar el Bicentenario centroamericano sin aprender de las lecciones de la historia y sin honrar esos sacrificios, solo hará de esta una conmemoración vacía. De nosotros depende que no sea así.
Hace tiempo escribí en este espacio semanal que viví una experiencia única y especial cuando me encontraba en una estación ferroviaria en los Países Bajos un 4 de mayo y, de repente, a las 8:00 PM, todo el mundo paró en seco sus movimientos por dos minutos para guardar silencio y recordar a los caídos en la Segunda Guerra Mundial y con posterioridad a ella. Se podía escuchar música elegíaca en los parlantes y la actitud de la gente era de respeto y recogimiento. Concluidos los dos minutos, todos volvieron a su actividad normal y yo tenía un recuerdo imborrable en mi memoria.
Siempre me gustaron las conmemoraciones, aunque no fueran así de profundas en emociones. Muy joven supe que la avenida Cervantes en el centro de Tegucigalpa tenía ese nombre para homenajear el tercer centenario de la muerte del ilustre autor de “El Quijote de la Mancha”, lo cual me hizo sentir unido a un sentimiento que puedo llamar hispanoamericano. Por esa misma época supe que el obelisco en la plaza del mismo nombre de la ciudad gemela -Comayagüela- se había colocado ahí en 1921 para testimoniar el primer centenario de la breve independencia de la Capitanía General de Guatemala del imperio español de entonces, con un efecto totalmente contrario al otro pues llamaba a experimentar una identidad distinta y gallarda: la centroamericana
Mientras todo a nuestro alrededor -especialmente los actos cívicos de la escuela- remarcaba la nacionalidad hondureña, ese monolito de piedra que se elevaba al cielo, llamaba a sentirse parte de otra realidad más grande, regional y promisoria. Sin embargo, el mismo sistema educativo nos recalcaba paradójicamente que esa historia estaba llena de altibajos y traiciones, que había sido truncada con machete, mosquetón y bayoneta, con púlpitos divididos entre la superstición y la complicidad libertaria, con políticos más proclives a la guerra fratricida que al liderazgo constructivo. Que éramos cinco países, pero habíamos sido un solo proyecto, bajo un solo estandarte y una sola insignia que llamaban a sus habitantes a crecer libres y fecundos. Decía Valle que “si queremos que Centroamérica, nuestra digna Patria, sea una nación independiente, libre y feliz, es necesario que hagamos todos los sacrificios que exige la independencia”.
Conmemorar el Bicentenario centroamericano sin aprender de las lecciones de la historia y sin honrar esos sacrificios, solo hará de esta una conmemoración vacía. De nosotros depende que no sea así.