El trauma provocado por el conflicto bélico en el que pudimos haber sido conquistados hizo posible un examen de conciencia colectivo en búsqueda del análisis de las causales que permitieron la agresión salvadoreña.
Esa introspección abarcó por igual a civiles y uniformados, encontrando en la desunión, el subdesarrollo, las ambiciones y codicias partidarias razones explicativas de nuestro grado de atraso aún en comparación con las restantes naciones ístmicas. Se llegó a la conclusión de que, urgentemente, se requerían reformas profundas en distintos órdenes que permitieran, de manera concertada, emprender la modernización institucional de la República.
Miguel Andonie Fernández, quien presidió el Comité Cívico, resumió esa coyuntura propicia al cambio con estas palabras: “Honduras ha ganado la consolidación del frente interno... la comunidad de ideales se palpa... se vive intensamente cuando trabajadores y empresarios, intelectuales y obreros, políticos, estudiantes, profesionales, militares, mujeres y hombres, en fin, en una palabra, pueblo y gobierno, están abrazados estrechamente para dar de sí lo mejor para su patria”.
La incompetente conducción de la guerra por parte del general López Arellano, con el consiguiente incremento en el rechazo a su régimen, impidió su pretendida continuación en el poder, permitiendo esto la convocatoria a los partidos Nacional y Liberal, por parte de él y los directivos de las federaciones sindicales norteñas, para que acordaran un Plan de Unidad Nacional con alternancia en el poder y el compromiso de poner fin a la visión tradicional que veía el Estado como botín a repartirse, para iniciar la compleja y urgente labor de actualización histórica del país.
Se realizaron elecciones presidenciales ganadas por el Nacionalismo con su candidato Ramón Ernesto Cruz, a partir de 1971. Las cúpulas partidarias desnaturalizaron el anhelo colectivo, insistiendo en las viejas y nocivas prácticas del reparto proporcional de los cargos públicos, independientemente de la capacidad administrativa e integridad de los incumbentes, práctica bautizada como el “pactito”. La visión estrechamente legalista del mandatario y las maniobras desestabilizadoras de su régimen por parte de Zúniga Augustinus y López Arellano provocaron la parálisis gubernamental y el creciente clamor colectivo por la adopción de medidas urgentes en el reparto de tierras a campesinos, manejo honesto y eficiente del país e inclusión social de los habitantes de las zonas fronterizas. Al no ser capaz de responder a estas crecientes expectativas, fue derrocado por golpe incruento en diciembre de 1972. Nuevamente, los partidos tradicionales le habían fallado a sus compatriotas. Serían otros sectores y fuerzas las que harían frente a los complejos desafíos.