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El amor de la Navidad

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesucristo, es decir que la Navidad es Cristo y sin Cristo no existe Navidad.

La Navidad bíblica se presenta en Mateo 1:20-21: “... he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Sobre el nacimiento de Jesucristo, también lo encontramos en Lucas 2:4-14: “Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén… con María su mujer… la cual estaba encinta. Y aconteció que… se cumplieron los días de alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre... Había pastores... Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor... el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor… Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra paz, buena voluntad para los hombres!”.

La Navidad es la celebración del momento histórico en el cual Dios vino al mundo en la persona de su hijo amado, Jesús, para reconciliar consigo al hombre pecador mediante su muerte sustitutiva en la cruz.

Justamente, este Niño Jesús es la encarnación de Dios, él envió a Jesucristo, quien, aún siendo Dios, nació en el mundo y creció como hombre para que pudiéramos convertirnos en hijos de Dios.

Nuestro Dios todopoderoso, por su amor incondicional hacia la humanidad, eligió venir al mundo y pagar la penalidad suprema por el pecado, la muerte por crucifixión, con lo cual hizo posible que el hombre pecador tuviera una relación personal con él, mediante la fe en la muerte por la cruz de su hijo Jesús.

Otra motivación para darnos un salvador se debe a la incapacidad de salvarnos a nosotros mismos.

Siendo Jesucristo el mediador, somos reconciliados con Dios; por un lado, tomó la mano de Dios y, por otro lado, tomó la mano del hombre, e hizo que ambos se encontrasen en la cruz. Cuando Jesús está en la cruz, él es nuestra escalera celestial que une a la tierra con el cielo.

Es claro que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoseles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra reconciliación. La reconciliación es, pues, traer unidad, dejar la hostilidad para tener paz y orden entre dos personas, entre Dios y el hombre, es decir, entre el cielo y la tierra.

El deseo de Dios es que su voluntad sea hecha en el cielo como en la tierra, tal como pide la oración modelo del Padre Nuestro.

Feliz Navidad.
Queda planteado.