Opinión

En la antigua Roma había una gran edificación conocida como Circus Maximus (Circo Máximo, en castellano), de la cual hoy solo quedan ruinas.

Dedicado a la celebración de espectáculos públicos, principalmente carreras de cuadrigas, convocaba en sus imponentes instalaciones de tres niveles, 600 metros de largo por 150 metros de ancho, a un cuarto de los habitantes de la ciudad.

Las producciones cinematográficas permiten hoy a muchos tener una idea de la naturaleza de los encuentros lúdicos que ahí se escenificaban.

Era tal la popularidad de estos lugares, que en Roma había más de uno para satisfacer la demanda de diversión de los distintos estamentos sociales que la conformaban, sin incluir entre ellos el Coliseo (anfiteatro) que también albergaba eventos públicos para mantener entretenido al pueblo.

Se adjudica al poeta latino Juvenal la frase “panem et circenses” (pan y circo) con la que se describe la principal motivación de los gobernantes para construirlos y convocar a la gente en ellos: no era sino una estrategia política para mantener pacíficos a sus súbditos, proveyéndoles trigo y diversión -bajo diversas formas como carreras, luchas entre humanos, entre bestias, presentaciones teatrales- que les brindaba además la oportunidad de expresarse a gritos desde las graderías y desahogar sus pasiones. Algunas figuras (Julio César, Augusto y Trajano) cosecharon gracias a esto admiración y apoyo popular.

Con frecuencia se suele hablar entre nosotros de la similitud de dicho efecto entre esas antiguas prácticas circenses y el moderno balompié. Analistas y académicos han escrito sobre el tema, señalando que también persisten los mismos viejos deseos entre más de uno de quienes dirigen los destinos de la vida pública nacional, en una novísima y catracha versión de “pan y circo”.

Días atrás, la espontánea reacción de desagrado del “mejor público del país” congregado en un estadio en San Pedro Sula para aupar a la Selección Nacional de fútbol, confirma que cuando falta el pan (o cuando se deja de comer, para pagar el costo del boleto de entrada) ni el circo basta para aplacar la frustración y el desánimo del populacho. Durante el tramo final del partido contra Panamá, un sector de la gradería -notablemente molesto- silbó a sus “modernos gladiadores” y hasta hizo mofa de ellos apoyando con expresiones taurinas (“ole, ole, ole”) los movimientos de la pelota que hacía el agrandado equipo contrario.

Si tomamos en cuenta el valor estadístico muestral de la concurrencia, este gesto de molestia (y hartazgo) debe llamar a la preocupación, pues revela una gran desaprobación ante el único símbolo de hondureñidad que ha logrado generar unidad en el pasado y superar diferencias, intolerancia y polarización.

Sin duda fue un momento desagradable, pero no debe causar extrañeza. ¿Acaso no ocurre lo mismo (silbidos y abucheos) cada cuatro años en el estadio Nacional de la capital (nuestro Circus Maximus) cuando los presentes se quejan porque pagaron un caro boleto (voto) y el espectáculo (gobierno) no fue de su agrado? ¿Habrá momento más solemne que este en el país?